Resulta que ayer me llamó un periodista para hacerme una conversación a medias (he evitado la palabra entrevista para que no rimara con periodista. Soy un fanático del equilibrio). No es un periodista cualquiera. De todos los que conozco, y juro que conozco muchos, este del que hablo es, pertenece, a una raza superior: la raza del periodista culto, la del periodista que lee, con pasión, literatura. Estás con él, y como quien no quiere la cosa, y siempre viniendo a cuento, cita con igual desenfado y falta de jactancia a escritores como Ciorán o Claudio Rodríguez, del que se sabe tiras de versos sin que se le modifique ni un pliegue de esa cara fosilizada que dios le dio. Ingenuo y atroz al tiempo, este periodista dirige una publicación (he evitado la palabra revista para que no rimara con periodista) que es un ejemplo de cómo se pueden hacer las cosas mejorando lo presente. Una revista monográfica sobre la sidra, una revista que gira desde la página uno a la final, alrededor del mundo líquido de las palabras, de las imágenes, de las sensaciones (y esto sí que es difícil), sobre la sidra.
SOLO CONOZCO un caso de publicaciones periódicas monográficas sobre un tema focalizado, un tema que visto con apresuramiento no parecería tan pródigo en posibilidades, como éste de esta revista: el caso de Bedoniana, que ha logrado editar once ejemplares hablando de un espacio exclusivo, de un espacio al que le da una significación que todo el mundo -instituciones y autoridades- le niega: el monasterio de San Antolín de Beón.
Pues bien, resulta que este periodista me llamó para hacerme unas preguntas sobre la sidra, sobre mi relación con la sidra, sobre la influencia de la sidra en mi vida, y ya puestos a desvariar, sobre la sidra en un mundo globalizado, sobre la sidra como elemento nutriente en el esperado pacto de las civilizaciones. Lo que se llama una entrevista total, o sea.
Y naturalmente hablamos de la sidra, y yo le conté que la sidra -había tomado ya tres culinos- ocupaba, por lo menos, dos capítulos en la autobiografía que pretendo escribir desde hace un tiempo. Le hablé de Casa Tuto, de Casa Manolo, de Casa Gervasio, de Casa Muñiz, donde el bueno de Patricio Aduriz, cronista oficial de Gijón en los años setenta, en un rapto de cólera tiró la cartera que contenía papeles para él muy queridos, al tiempo que decía "muera la erudición y sus secuaces" (aquel día, ya lejano en el recuerdo, habíamos despachado dos cajas de sidra entre seis amigos). Le hablé de que, durante la carrera, la sidra había sido el elemento esencial de consolación para un grupo de estudiantes desmotivados que asistían a clase por pura disciplina, teniendo que aguantar los coñazos interminables de aquellos profesores, tan bien y también desmotivados, por un franquismo tardío que no acababa de extinguirse.
Y LE HABLE DE LAS visitas periódicas, a partir de los primeros síntomas de primavera, a las sidrerías de los alrededores de la ciudad. Las correrías por casa Eleuterio de Caces, por casa Periquín en Colloto, por casa Ballongo en San Esteban de las Cruces, por El Ferreru, por el Pitu, por Ximielga, por el Xastre, por Pin de la Quinta, por casa Javier en el Cristo, por el Panducu, por casa Antón, aquel merendero imponente que miraba sin pestañear al Aramo.
Casi todos bebíamos sidra de chavales. Y con la sidra, la política, la religión, la poesía, el fútbol, el ciclismo y los sueños de marchar a Francia o a Inglaterra a respirar el fresco de la vida y la libertad. La sidra impedía la violencia, la crispación, la riña gratuita, las estúpidas emulaciones de que si tu sacaste un notable y yo una matrícula en comentario de textos.
En La aldea perdida los aldeanos bebían sidra y los mineros -Joyana, Plutón- bebían vino, aquel vinazo de León que los mataba. La sidra se asociaba a la arcadia, a la tertulia afable, a la vida social en una democracia arcaica. El vino era una liturgia individual, de soledad amarga, y los que lo bebían en el Manantial, en Lobato, en La Campana, siempre se decía que tenían un no se qué inquietante. Cosas de la edad, seguramente.
DESPUES DE UNA hora de conversación, el periodista, que no es otro que Ceferino Montañés, me dijo que todo había salido muy bien. Lleva al frente de Sícera diez números y está dispuesto a enfrentarse con las cien próximas entregas.
La verdad que se trata de una revista para coleccionar, para guardar como un tesoro de las cosas bien hechas. Es una revista para enseñar fuera de Asturias, para que los demás adviertan que aquí, cuando las cosas se hacen con cordialidad y entusiasmo, podemos exportar belleza, inteligencia, localismo y universalidad.
Antiguamente, los que buscábamos la pepita de oro metida en una botella de sidra, éramos felices al encontrarla. Al cabo de los años, la sensación de ese sabor inconfundible y genuino, perdura como si fuera aquel primer beso robado cuando empezaba a declinar la luz de agosto.
Álvaro Ruiz de la Peña. Profesor de la Universidad de Oviedo.

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