EN LA COLUMNA DE UMBRAL / 57
No he podido dormir, llevo días de una soledad en otra, de hotel en hotel, de rostro en rostro; no puedo pegar ojo y, lo que es peor, no consigo escribir. Hablo durante todo el día de mi novela, de proyectos, de política, y se me aturullan los pensamientos, porque el tiempo es corto para todo lo que deseo contar. Siempre estamos muy apurados, como en la vida real. Pero yo no vivo en la vida real. Yo pasé de una pesadilla a un sueño. Y en ese sueño, leía las columnas de Francisco Umbral, en este espacio donde ahora escribo. Su eterno sitio. Yo siempre lo buscaba a él, aún lo busco.
Soñé una noche con un cuadro en el que había una mesa redonda, con un mantel, un búcaro con rosas amarillas, un libro abierto y una pistola; era un cuadro de Pierre Bonnard, sin duda alguna. Sólo faltaba la mujer desnuda que emergía de una bañera. Estuve toda la noche soñando con Cuba, y con ese cuadro, y volví a llorar como cuando abandoné el último delirio mientras mi madre me decía un adiós como ninguno. Me desperté, compré el periódico, fui directa a la última página, y tuve que regresar a la portada. Y la portada estaba llena de pétalos amarillos, y de pisadas mojadas, resbaladizas, de huellas de zapatos antiguos.
No suelo empecinarme con los recuerdos. Pero juro que a veces veo caminar a un hombre, en mi barrio, en París, y resalta por su cabeza canosa y elegante, y una bufanda blanca y tan larga que pareciera un rollo interminable de papel extraído del rodillo de una vieja máquina de escribir que va con sus palabras a abrigar el cuello del hombre. El hombre es un escritor, camina como tal, y yo le sigo, deseo tocarle el hombro, extiendo el brazo, las puntas de mis dedos atraviesan un tejido suave, aterciopelado, o como la piel de un felino. Y no puedo discernir si se trata de un recuerdo de otro sueño o de traducciones de otras soledades impresas en el interior de una cajita. Miro al techo, la sábana huele fuerte a cloro, y la cortina es demasiado pesada y azul. Una soledad, otra, me digo; tres de la madrugada. Cierro los ojos, la calle, el escritor, desaparecen.
¿Quieres volver a despertarte? Parece que aun dormida evoco un cuento leído en la adolescencia; creo que se trata de una película donde Jeanne Birkin y Joe D'Alessandro hacían el amor como si ella fuera un chico y él su amante, y repito: ja t'aime, moi non plus. ¿Amaría yo a Brahms?
Corro hacia el día, impetuosa por los pasillos del hotel, como quien se tira de cabeza contra un muro. Hojeo la prensa arrellanada en un sofá, espero aparentando no esperar a nadie. Un pintor, Miquel Barceló, solitario, encaramado en un andamio, con un pincel amarrado en la punta de un palo, bata blanca, observa el techo amplio y lechoso de un recinto. Advierto que su cuello está embarrado de pintura, como si llevara una bufanda aún por escribir. Me hundo en los ojos del pintor, e intento preguntarle si pintará caracoles, hormigas, o nidos de pájaros, pero él sigue absorto en su pincel y en el agujero de eternidad.
Esa es la única buena noticia, lo demás son guerras o amenazas de guerras, dictaduras, terrorismo, secuestros, violaciones, muertes, vidas rotas... Ya iba a marcharme, pero he girado sobre mis pasos, en precario equilibrio, me he detenido ante la puerta de esta columna, sin tocar, sin hacer ruidos, me ha abierto el escritor, y me ha dicho: «Bienvenida, o sea...». Entonces no lo pensé demasiado, me puse a colorear el elíxir olvidado de las palabras, su perfume carnal, solo y ambiguo.
© Mundinteractivos, S.A.

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