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27 Octubre 2007

Esperanza Aguirre y el Rey (de bastos), de Juan Carlos Escudier en El Confidencial

Los admiradores de Esperanza Aguirre han debido estar un tiempo desconcertados después de que a nuestra liberal de cabecera le transcribieran una conversación con el Rey pidiendo árnica para el otro polo de la liberalidad patria, de nombre Federico, quien, por lo visto, quiere estar en misa y repicando, esto es, exigiendo un día al Borbón que abdique y al otro tomando unos vinitos en Zarzuela con jamón de Guijuelo, que paga el Erario o los patrocinadores del Bribón.

La legión de devotos no podía entender que la presidenta hubiera sido tan torpe como para implorar el perdón regio a voces en medio de una comida oficial, en la que, además del que en buena hora ciñó la corona y esposa, se encontraba el presidente del Gobierno y hasta media docena de comensales más, ninguno sordo y, por lo que se ha podido ver, tampoco mudo.

Cierto es que Aguirre había tenido últimamente algunos deslices, como ese par de lamentos sobre sus dificultades para llegar a final de mes o sobre lo caro que resultaba la calefacción en los palacios de techos altos como el suyo, recogidos ambos en un libro ad maiorem gloriam de su palmito. Pero aquello debía interpretarse como un descuido, no tanto de ella misma, sino de alguno de sus edecanes, de los que cabía esperar que, al menos, se leyeran con atención las cortesías y agasajos del encargo editorial.

No hay que olvidar que esa ministra ramplona, objeto de permanente mofa por travestir los nombres de los escritores portugueses, se había reencarnado en Fouché, con aspiraciones incluso de completar la trasmigración y presentarse como la Thatcher del sur de los Pirineos. Después de tan tremenda metamorfosis, imaginarla cometiendo una necedad semejante sólo podía insultar la inteligencia de sus incondicionales. Kafka siempre lo tuvo claro: cuando Gregorio Samsa se transformó en escarabajo, no había vuelta atrás posible.

En conclusión, si Aguirre había elegido el marco de aquella comida multitudinaria para requerir al monarca que dispensara un trato más humano al látigo de Teruel era porque quería que, además de conocerse su intercesión, se supiera la respuesta del Rey, un hombre que no se traga tantas misas al cabo del año para que los obispos le toquen la pituitaria cada mañana.

Ahora bien, ¿por qué era necesaria dar tanta publicidad a la rogatoria? Obviamente, sólo cabe especular, aunque lo más probable es que Mahoma hubiera ido a la montaña hace tiempo. Es decir, que Zarzuela, en forma de rey de bastos, se hubiera dirigido ya a la Conferencia Episcopal para que dieran un escarmiento al impulsivo Jiménez Losantos y le prepararan el finiquito, y sus eminentísimas se encontraran en ese momento calibrando la medida más cristiana para su cuenta de resultados.

Una vez aireado el soberano cabreo del ídem, la extirpación del grano habría de posponerse sine die. ¿Acaso podía permitirse el Rey ser señalado como el verdugo de la libertad de expresión? ¿Podría resistir la Monarquía pasar a la Historia como una institución que pone y quita locutores en función de si los interfectos practican correctamente la genuflexión requerida? Jugada maestra la de doña Esperanza.

Pretender explicar la mediación como un intento de rehabilitar la figura de Losantos y hacer posible de esta forma su nombramiento en Telemadrid es, simplemente, un desatino. El turolense se está forrando, no sólo ya con el óbolo de la Curia sino con el imperio que construye y amplifica desde la Cope gracias, sobre todo, a la propia Aguirre, tan generosa en sus concesiones de radio y televisión. Pero hay más razones. ¿Alguien se la imagina recibiendo instrucciones diarias, aunque sean de liberal a liberal, sobre el contenido de los telediarios y de la parrilla en general, un deporte profusamente practicado por la presidenta? ¿En que beneficiaría a la dirigente del PP tenerlo a su lado y no en el micrófono de la cadena que más apoyo le dispensaría en una eventual disputa por el poder en el partido si Rajoy pierde las elecciones?

He aquí la clave de la súplica de nuestra castiza dama de hierro al monarca. El apoyo de Losantos y de su alter ego de la pluma, Ramírez, serán decisivos si, llegado el caso, se entabla una pugna por tomar las riendas del PP. Más que un trato humano, Esperanza quiere para ella un trato divino. Faltaría más. Favor con favor se paga.

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