El joven racista que agredió a una chica ecuatoriana en un vagón de los ferrocarriles catalanes ha quedado en libertad, mejor dicho, sigue en libertad, pues en ningún momento pasó por la cárcel. El juez considera que no existe riesgo de fuga. Puede que, teniendo en cuenta la levedad de la pena a la que se arriesga y la laxitud con la que le está tratando la Justicia, el violento xenófobo no esté pensando en huir. No hay peligro de que el juez se quede sin acusado, el riesgo es que al energúmeno vuelvan a llamarle por el móvil tras tomarse unas cervezas y la emprenda de nuevo a golpes con cualquier inmigrante, indefensa y sola a poder ser, que se cruce con él. Pero eso ya no es problema del juez. Será problema de la víctima, que debería tener los huesos blandos y el espíritu flojo para que su atacante termine en prisión. El caso demuestra lo que ya sabíamos: lo que no está en los medios de comunicación, en la televisión en particular, no existe. Si no fuera por el vídeo delator, el agresor del tren seguiría libre, sí, pero no habría tenido que pasar dos veces por el juzgado. No creo que exista una Justicia para ricos y otra para pobres, pero sí creo que jueces y fiscales actúan de forma diferente cuando está la televisión por medio. La prueba acusatoria contra el joven barcelonés, la grabación de su atentado, ya la tenía el juez en su primera declaración, pero sólo hizo reaccionar al sistema judicial cuando fue emitida por las televisiones de toda España. No nos gusta, pero el sistema parece conducirnos de forma inexorable a vivir en un espacio público permanentemente vigilado.
Nacho Monserrat. Periodista.

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