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Una de las metástasis semánticas más infecciosas de las últimas horas es la diseminación del término negacionista y sus derivados en los propósitos más diversos. Aunque ya ha sido utilizado para referirse a los que niegan las conclusiones del juez instructor y el fiscal en la matanza del 11 de marzo y pronto lo será en los diarios deportivos para aludir a los que niegan tres veces al jugador Raúl, su excursión más preocupante ha llegado hasta el campo semántico de los escépticos climáticos: es decir de todos aquéllos que argumentan, con matices diversos, sobre la debilidad de los indicios que vinculan el cambio climático con la acción del hombre; que no lo consideran el primer problema de la Humanidad y que advierten sobre la fragilidad de algunas previsiones de catástrofes.
Mi despreocupación ante el cambio lingüístico viene determinada por su inocuidad general y también por la melancólica inutilidad de los esfuerzos que cabe oponerle. Algo así les pasa a algunos escépticos, que, sin negar el cambio climático opinan que lo único sensato es prepararse para afrontar sus efectos. En España, además, y muy especialmente entre la juventud, la ignorancia es un aliado poderosísimo de esa despreocupación. Como nadie sabe lo que es el «negacionismo» la sucia maniobra de manipulación política y moral que hay detrás de sus recientes adjudicaciones es menos preocupante. Negacionismo es «negar organizadamente» y santas pascuas, balbucea el joven y sentencia el viejo. Sin embargo, que el cambio lingüístico sea inevitable y casi siempre inocuo no impide reconocer su episódica potencia de fuego. La destrucción de los judíos europeos se organizó, como creo que decía Raoul Hilberg, para ser «un crimen perfecto». Es decir, para que no quedaran huellas. Un crimen que llevaba aparejada su inexistencia. De ahí el enorme mérito de todos aquellos que pacientemente han logrado demostrar esa destrucción y su carácter único. Al demostrarlo quisieron que la singularidad del crimen sobreviviera por siempre en las palabras. Quia. Fue mucho más fácil cazar nazis en los suburbios de Sudamérica. Genocidio debe de usarse ya para publicitar insecticidas, y no extraña que, cegados por la proliferación, Occidente tardara tanto en verlo en Ruanda: las palabras son también víctimas del cuento del lobo.
El peor efecto de la metástasis semántica de negacionismo, ya inevitable, no consiste en tratar a Rajoy como un nazi sino en tratar un nazi como a Rajoy. No el de incluir crímenes, sino el de diluirlos.
(Coda: «Negacionismo: corriente seudocientífica que niega los crímenes nazis y los atribuye a una fabulación judía, elaborada con la finalidad de obtener beneficios económicos y morales a costa del resto de la Humanidad afligida». Elaboración propia y Wikipedia.)
© Mundinteractivos, S.A.

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