Que la agresividad del género humano, asombrosamente elevada incluso en sociedades avanzadas, se concentra en los varones jóvenes, es algo tan evidente que hay que ser inconsciente, rousseauniano, progre, autista, y por si no bastara, catalán, para hacer abstracción de una tan lastimosa como evidente realidad. Basta mirar el sexo y la edad de la población reclusa en el mundo para evidenciar que está de modo muy mayoritario formada por individuos que suman ambas categorías a una tercera, la exclusión social o la marginalidad: quien tiene poco que perder, suele arriesgar más, de la misma manera que el hecho de poseer tiende a volver conservador. Siempre ha sido así. A la guerra van los jóvenes, y por delante, en las primeras filas, aquellos que, de no estar encuadrados en una estructura militar o paramilitar que dé rienda suelta a sus pulsiones violentas, igualmente tienden a ejercer con mayor frecuencia y peligrosidad la violencia contra sus congéneres.
También hay mujeres asesinas, agresivos de media o avanzada edad y adolescentes incapaces de matar a un mosquito. Claro, y la mayor parte de nuestros jóvenes son pacíficos y convivenciales, a pesar de que el exceso de permisividad ambiental invita, como mínimo, al gamberrismo destructivo. Eso explicaría el aumento de las mismas formas de violencia juvenil entre chicas, pero poco altera las proporciones: la violencia se concentra entre los muchachos.
La mayoría, convenientemente estimulada y con capacidad de sopesar los riesgos en el caso que dieran rienda suelta a sus impulsos, acierta a reprimirse esta tendencia. Otros llegan a las manos o pierden el control de forma esporádica. Algunos se reúnen para dar rienda suelta a sus pulsiones destructivas en fines de semana. Pero hay núcleos de irreductibles para quienes golpear es tan normal como insultar, pues andan desprovistos de la más mínima noción sobre la igualdad o la dignidad del género humano, y aunque se les hubiera inculcado, su tendencia agresiva pasaría como una gran ola por encima de tales consideraciones. Es contra estos últimos que la sociedad debe prevenirse de manera especial. Del mismo modo que hay que ser comprensivos con quienes experimenten un episodio de violencia ocasional - siempre que los daños sean leves y el arrepentimiento espontáneo- también deberíamos ser, como sociedad, más enérgicos contra los violentos sistemáticos, de manera especial si sus víctimas no son otros congéneres con las mismas tendencias sino seres indefensos. Ya deberíamos tener asumido que no se puede ser tolerante con los intolerantes, so pena de arriesgarnos a convertirnos en sus víctimas, o lo que es peor, de incitarles indirectamente a ir acumulando víctima indefensa tras víctima inocente. Las líneas rojas, cuyo cruce es castigado con mucha más severidad que las amarillas, deben estar mucho más claras, tanto en el ordenamiento jurídico como en la sensibilidad social. La xenofobia es una de ellas. Ojalá sirva el vídeo para sensibilizar a la sociedad contra las más de 4.000 agresiones anuales con tintes xenófobos en espacios públicos.
No parecen haber tomado nota, contra toda evidencia, algunos sociólogos y juristas, capaces de publicar estudios con supuesto marchamo científico pero que niegan el conocimiento elemental de la biología, la historia de la humanidad y los estudios sobre los comportamientos violentos en sociedades anteriores al neolítico o en especies próximas a la nuestra. Al amparo de tanta propaganda que incita a ser tolerantes con los intolerantes intempestivos, la propia consellera de Justícia llegó el pasado martes al extremo de negar que el joven protagonista de las agresiones estuviera en libertad. Estaba, esperemos que hoy ya no, en libertad. Imputado, eso sí y faltaría más, pero en una situación que en términos jurídicos es de libertad con cargos. Afortunadamente y aunque fuera por oportunismo, a las pocas horas el ministro del ramo anunció que se hacía lo posible para que el imputado y convicto de tales acciones pase de andar libre por la calle a la prisión preventiva. ¡Qué menos! Del mismo modo que la percepción de impunidad anima a los posibles delincuentes a dar rienda suelta a sus fechorías, la severidad del sistema jurídico les frena. Lo contrario es animar, indirectamente y de buena fe, pero animar, a que se repitan casos como el asesinato de Josep M. Isanta, perpetrado por un grupo que responde al peligroso perfil descrito, perfectamente identificado con anterioridad, pero al que nuestras autoridades no se les había ocurrido parar nunca los pies o vigilar.
La seguridad ciudadana, tema clave en nuestro tiempo, mejora con protección social. Eso es evidente. Pero la voluntad de inclusión y sus mecanismos no deben impedir el castigo a quienes, en vez de aprovecharla, se aprovechan de ella para agredir a víctimas inocentes. No sólo a jóvenes inmigrantes, sino, cada vez más, a ancianos y a cualquiera que no pueda defenderse por sí mismo. Hay que reaccionar, y no sólo contra el que topa con las cámaras.

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