VIEJO ESPECTADOR
Al conjuro del acto organizado en la Generalitat por su president Montilla renació, por unas horas, el clima de la transición y el consenso político. Justo el mismo día de cumplirse los 30 años de la llegada a Barcelona de Tarradellas el "Ja sóc aquí" conserva todavía la magia que despertó aquella tarde ante una gran multitud. Había entonces ilusión entre los electores y también entre los políticos. Fue la transición que, apadrinada por el Rey, tuvo en Adolfo Suárez el ejecutor y como piezas fundamentales sobre el mapa político español a Josep Tarradellas y Santiago Carrillo. Fueron precisamente los dos que certificaron, con su presencia, que la democracia española era auténtica y, a la vez, reconocieron la Constitución y la monarquía por ella legitimada. Ahora precisamente es posible medir lo que significaron aquellos años que cambiaron el país no sólo políticamente sino social y económicamente. Pocas veces en 30 años se ha hecho tanto en un Estado de más de 40 millones de habitantes salidos del largo túnel de la dictadura, después de una guerra civil inaudita. Aunque no se olvida nada, sí puede haber una superación que permita salvaguardar la convivencia dentro del marco de un Estado de derecho.
A la convocatoria del president Montilla se reunieron en la Generalitat, el martes pasado, no sólo los dos presidentes que sucedieron a Tarradellas, sino quienes formaron parte de su gobierno y otras personalidades políticas, de ayer y de hoy, de diferentes partidos. Fue, si se quiere, un espejismo del oasis catalán que echamos de menos. Para evocar tiempos de buenas maneras políticas y de construcciones no faltó la presencia de dos hombres que intervinieron en la negociación que llevó a la instalación de la Generalitat: Rodolfo Martín Villa y Salvador Sánchez Terán.
Se comentó el "Ja sóc aquí", que, de entrada, parece una afirmación en primerísima persona, pero que en realidad quiere decir que lo que "está aquí" es la Generalitat. La Generalitat era sólo la persona de Tarradellas. El marco físico era un modestísimo despacho del antiguo pabellón o portería de un castillo incendiado cuando la gran revolución. Años de aislamiento en Saint-Martin-le-Beau e incluso en ciertos tiempos con prohibición de acercarse a Perpiñán. Poco a poco fueron a visitarle catalanes y no catalanes, con ritmo creciente a medida que Franco caducaba.
Para Tarradellas un final maratoniano que estuvo muy a punto de quebrarse unos meses antes en Madrid cuando tuvo lugar la entrevista Suárez-Tarradellas. Quizá por la presión de los poderes fácticos, que no faltó a lo largo de la audaz ejecutoria de Adolfo Suárez, éste no quería, de entrada, dar a Tarradellas la Generalitat. Pretendía que, como Carrillo, Tarradellas se introdujera en el nuevo panorama político para que en su momento pudiera ser revalidado como presidente. Y ahí surgió el gran escollo. Tarradellas decía que como ya era presidente de ningún modo podía ser reelegido ni podía ir a Catalunya sin ostentar su condición: "Usted me dice que no me pide nada y melo pide todo", le decía Suárez. Y Tarradellas replicaba: "No le pido ser president porque ya lo soy. Sólo le pido que me dé acceso a Barcelona".
Esta dificultad, que se presentaba como insuperable, provocó la ruptura de la primera conversación monclovita. Y cuando salió Tarradellas del palacio, si bien a los periodistas les dijo que el diálogo había sido constructivo, al llegar al coche de la policía que nos había conducido desde Barajas dijo: "Ha sido un fracaso. A todo lo que le he propuesto él ha contestado no. Pasado mañana nos volvemos a París".
En esa vuelta a París - que era para siempre- está el mérito extraordinario de Tarradellas. Después de aguardar tantos años la Generalitat, justamente para evitar atarse a la República - pensaba él en una restauración monárquica- se hallaba Tarradellas en situación de volver al exilio. Se jugaba a cara y cruz toda una vida de humillaciones y privaciones.
Venturosamente y tras meditación se pudo conseguir una segunda entrevista. Se buscó un imaginativo camino partiendo de la derogación del decreto de disolución de la Generalitat firmado por Franco. El acuerdo verbal para una posterior negociación se materializó en una declaración que abría surco, pero en la que no se le llamaba a Tarradellas presidente sino "honorable", como él quiso, a sabiendas de que tal denominación, a oídos de los catalanes, equivalía a president de la Generalitat. Después se le pudo nombrar, evolucionando sobre la legalidad entonces existente, presidente de la Diputación de Barcelona, lo que le dio, de entrada, acomodo y el local propio sin desalojo por parte de la Diputación. Todo se hizo muy bien durante un verano de constantes viajes a París también de los cabezas de lista de partidos catalanes a los que Tarradellas invitó a integrarse en su gobierno, que fue de unidad. Un gobierno modélico, que Tarradellas presidió con un gran tacto, reconocido de inmediato por propios y extraños.
Un homenaje merecido para un presidente de la Generalitat inolvidable. Un president que nos dejó el espíritu que por unas horas se manifestó en el Saló Sant Jordi de la Generalitat.

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