EL RUNRÚN
La moneda de un céntimo cuesta más de un céntimo. Ahí donde la ves, con ese tacto dudoso y ese color inestable, esconde un valor oculto. El coste de su fabricación, a base de acero y una fina capa de bronce, supera su propio importe. La Fábrica Nacional de la Moneda no quiere revelar la cifra, añadiendo a la cosa un halo de misterio, pero sabemos que en Bélgica, donde las están retirando, la elaboración de cada céntimo cuesta 1.81 céntimos. Y se fabrican al año entre 391 y 496 millones. O sea que ella, la más pequeña, abandonada en las esquinas y en los devaneos de los cambios, susceptible siempre de desaparecer entre los pliegues y las grietas de cualquier cosa, resulta que quizás encierra el cogollo de la paradoja monetaria. ¿Qué juego sería entonces este juego al que estamos jugando? ¿Nos hemos perdido algo? Tenemos un céntimo deficitario que no se subvenciona ni a sí mismo. Esto podría darle categoría de obra de arte o de objeto inútil, según se mire y según la lógica que se le aplique. Algo parecido pasa con nosotros, que somos altamente insostenibles, gastando y consumiendo el triple de lo que podemos generar, y huyendo hacia delante.
Intento leer detenidamente el suplemento Dinero.Pero me quedo atorada para siempre en un solo recuadro que se titula "Crudo y oro por las nubes". Sin duda habrá bastante gente que entienda lo que se dice en esas páginas, y esa es la razón incuestionable de que existan, y si alguno de ellos está leyendo estas líneas, le animo a que las abandone. Otros apenas avanzamos en la asimilación de este tipo de materias. Al leer el artículo, podríamos decir que hemos entendido que el petróleo es lo que marca las normas del asunto. Y lo podemos comprender, porque el petróleo sabemos que es lo que hace que se mueva todo el rato todo lo que se mueve en la clave digamos más física de nuestra existencia. También resulta asimilable leer que la falta de petróleo tiene que ver con que baje el dólar, que está fatal. La relación poco petróleo, poco dólar, hasta a nosotros nos parece más o menos verosímil, sin profundizar demasiado en la idea. Pero leemos también que el oro desempeña un papel importante, y eso es más raro, porque el oro no sirve para nada.
Y no aparece ninguna pista que explique la lógica que hace que en este lamentable dominó, el oro se esté revalorizando sin parar, y ya cueste la onza 765 dólares. Vaya con la onza. ¿El oro para qué lo queremos exactamente, en términos de sentido práctico? ¿O todo esto son cosas que no pertenecen a la vida real, como una religión en la que hay que creer sin ver ni comprender? En todo caso, hemos asimilado que el petróleo se acaba y se pone por las nubes, el dólar baja y el oro sube; y la leche también.
Hace unos días se reunieron los del Fondo Monetario Internacional. Su coro de manifestantes de siempre intentaba mostrar los desequilibrios brutales de la economía mundial. Tuvieron problemas con la policía y con unos ladrillos. Salió Rato y dijo que el subidón inmobiliario va a tener un aterrizaje suave. Suave aterrizaje. También dijo que el dólar está sobrevalorado. Eso resultó más confuso. ¿Qué quiere decir exactamente que el dólar está sobrevalorado? ¿Se refiere al valor real o al sentimental? ¿Y eso de qué manera nos afectaría? Y ya puestos, ¿no le parece que nuestro céntimo está infravalorado?
La fábrica monetaria lo acuñó, a sabiendas de su coste, como si lo fuéramos a usar en algún cambio. Como si el timo del redondeo - que hace palidecer al de la estampita- no fuera a desembocar en el zumo de naranja a 500 pesetas que nos estamos tragando. Pero estas son cosas que quizás forman parte de ese velo monetario del que hablaban los economistas. O del velo en general. Y pensándolo bien, era absurdo creer que algo podía costar un céntimo. Ni siquiera un céntimo.

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