AQUI NO HAY PLAYA
El dato que publicó hace poco este periódico era estremecedor: al 39% de los madrileños les duele habitualmente la cabeza. ¿Cómo es posible que esto ocurra, que la cefalea sea el mal que más nos aqueja y no, por ejemplo, las digestiones pesadas o el dolor de espalda? ¿Qué tiene esta ciudad para que las azoteas de sus ciudadanos sean un alfiletero? Le he preguntado al peatón sobre el particular y entre ambos hemos comenzado a analizar las hipotéticas causas de esta epidemia. Para empezar, es muy probable que la contaminación sea un factor determinante. «Un millón de coches son muchos coches», ha sentenciado el peatón, «y parece que no hay nadie capaz de arreglarlo». He asentido y a continuación he mencionado el ruido, pues pocas ciudades hay en Europa y el mundo que sean tan bullangueras como Madrid. «Quizás ahora no hablemos tan alto como hace años, pero las agresiones acústicas siguen siendo brutales: el aeropuerto sigue sacando a muchos vecinos de sus casillas, los botellones asaltan a gollete armado el sueño de miles de vecinos, las motos de libre escape siguen pululando a sus anchas, el martilleo de las obras acogota los nervios de cualquiera... ¿Quiere que siga?» El peatón ha entendido que es un asunto con el que estoy especialmente sensibilizado.
«¿Y usted cree -me ha soltado de improviso- que al 12% de madrileños que vive por debajo del umbral de la pobreza les dolerá más la cabeza que al resto?» «Desde luego -le he respondido-, lo que sí tienen son más quebraderos de cabeza, por lo que tal posibilidad no es descartable. Ser más que pobre debe de ponerte el cráneo como un bombo». Hemos continuado discurriendo y, lo admito, he sido yo el que ha sacado otro presunto motivo: «¿Y qué me dice de la programación y de la línea informativa de Telemadrid?» El peatón me ha mirado con ojos que me decían: «éste no aprende ni a palos». «Hombre -me ha contestado muy cauteloso-, no puede decirse que la objetividad sea uno de sus puntos fuertes, pero tal vez las cosas cambien ahora que va a haber un nuevo director... Al parecer, el anterior tiene un asuntillo pendiente que le trae de cabeza y por eso se ha apartado de la escena».
Hago mutis sobre el particular y prosigo con las pesquisas. Afortunadamente, el claxon de los vehículos ya no se utiliza con tanta frecuencia como antaño. La mayoría de las industrias que había en el casco urbano se han desplazado a otros lugares. Los locales de ocio están insonorizados. El tráfico de mercancías, regulado a unas horas. Hasta los camiones de la basura -salvo excepciones- ya no son orquestas de chatarra. «Pues será el estrés», apunta de nuevo el peatón., «la responsabilidad diaria». «Y con ello -he señalado- la mayor dureza en los afectos, las faltas de educación, la escasez de empatía...» Alcanzamos la Gran Vía en su confluencia con Montera, observamos el torrente humano que allí se desborda y sin hablarnos llegamos a la conclusión de que lo raro no es que nos duela la cabeza. Lo increíblemente extraño es que no nos duela el alma.
© Mundinteractivos, S.A.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados