Salvo unos cuantos amigos
Me he metido en peleas callejeras en muy pocas ocasiones, pero con resultados uniformemente negativos. Hace como 25 años me enfrenté a un atracador en Malasaña, en Madrid. Yo moraba entonces por allí. El chaval, que asaltaba a los viandantes a punta de navaja para pagarse el chute, estaba tan deteriorado que pude con él, pero me quedé con tanto miedo a su hipotética venganza que opté por cambiar de barrio. En otra ocasión, en Barcelona, me encaré con un chulo que estaba pegando a su chica (“a su compañera sentimental”, dirían ahora, que llaman “sentimental” a lo que sea). En aquel caso conté con una ventaja: éramos como media docena. Pero tampoco salió bien: la chica nos mandó al carajo, pidiéndonos que nos metiéramos en nuestros asuntos. En fin, en una tercera ocasión interpelé a unos policías nacionales que estaban identificando de malos modos a unos chavales sólo porque “su pinta” les había infundido sospechas, según propia declaración. Conseguí que dejaran en paz a los críos, pero yo salí de los Juzgados de la Plaza de Castilla a las 6 de la mañana y acabé en un juicio de faltas. Fui absuelto, pero vaya rollo.
Con esa experiencia a mis espaldas, no me costó demasiado entender al pobre chaval latino que no movió ni un dedo cuando un facha desaforado empezó a pegar a una moza ecuatoriana delante de él en un ferrocarril de la Generalitat el pasado domingo 7. Me imagino lo que pudo pasarle por la cabeza: no sólo el miedo físico ante un energúmeno de tal calibre (¿y si el enloquecido saca una navaja y se la clava?), sino también ante la posibilidad de verse envuelto en un lío legal (a saber si tenía todos sus papeles en regla y en qué podría acabar su gesto de altruismo una vez llegara a manos de la Policía).
Ya hace decenios que Phil Ochs retrató ese (otro) aspecto deprimente de nuestras sociedades teóricamente avanzadas. Tituló la canción Outside A Small Circle of Friends (“Salvo unos pocos amigos”). Que son los que hoy en día se interesan por sus congéneres.
Pocos años después de escribir esa patética canción, Phil Ochs se suicidó.
Tampoco pareció importarle demasiado a nadie, salvo a unos pocos amigos.
[Aparecido en Público el 25/X/2007, dentro de la sección El dedo en la llaga]
Coda.
Ya sabéis que no ando demasiado sobrado de tiempo en estos últimos días. También me flaquea algo la atención a algunas cosas, porque lo cierto es que la columna que figura más arriba la tengo escrita desde ayer (como es fácil suponer, porque ha salido en el periódico de hoy), pero había olvidado subirla a la Red. Esta mañana he de concentrarme a toda velocidad, entre otras tareas ineludibles, en la preparación de la presentación de un libro, Afganistán como un espacio vacio, obra de Marc W. Herold, un profesor norteamericano muy bien preparado y aceradamente crítico, que ha traducido para Foca Felip, un buen amigo de este blog y de su autor. Ahí sí que no puedo fallar, porque Herold ha venido desde EEUU para la ocasión y no podría dejarlo tirado bajo ningún concepto. Así que lo único que puedo hacer es pediros que os fabriquéis la coda por vuestra cuenta, si os apetece, hurgando en Internet a la búsqueda de información sobre Phil Ochs –uno de los cantautores norteamericanos más interesantes y menos conocidos de los años 60-70– y, si os aclaráis en inglés, leyendo la letra de la canción a la que me refiero, que es fina.
A ver si encuentro mañana más tiempo para escribir.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados