Sexo en Madrid

Después de un divorcio y tres separaciones, además de rupturas juveniles varias, Clara por fin era casi feliz. Se había dado cuenta de que el hombre más o menos perfecto no existía y que como el que no tenía una cosa, tenía otra, lo mejor era olvidarse de tener una relación estable y vivir sola. Por culpa de ese terror a no encontrar a nadie con quien envejecer, Clara era consciente de que había cometido muchos errores. Algunas de sus amigas, con cara de querer convencerse a ellas mismas, le repetían una y otra vez que sí, que sola se estaba de maravilla, «no hay nadie que te controle, entras y sales cuando quieres, te acuestas a la hora que te da la gana...», decían. Pero a Clara todo eso le daba igual, lo que de verdad le entusiasmaba de su soltería era que había desaparecido la ansiedad. El miedo a que la abandonaran, a que él estuviera con otra, a que, al principio de la relación, no quisiera comprometerse. El único asunto que no acababa de solucionar era el del sexo. La masturbación no era mala solución y desde que había descubierto sex shops a los que no le daba vergüenza entrar como La Juguetería (Trav. San Mateo, 12) o Los Placeres de Lola (Doctor Fourquet, 34), los vibradores, los estimuladores de clítoris y de pezones y las bolas chinas le daban, físicamente, más placer muchas veces que algunos de los hombres con los que había estado. Pero le faltaba algo, la fantasía a veces no le daba más de sí. Un día leyó en una revista un artículo sobre el cibersexo y pensó que aquello podía estar bien. Entró en un chat y se dio cuenta de que era estupendo. En cuanto encontraba un interlocutor que le interesaba, iban al grano rápidamente, ampliaba su campo de fantasías sexuales y no tenía más complicaciones. Con el tiempo, redujo sus cibercontactos a tres pretendientes para al final quedarse sólo con uno. Después de un par de meses se dio cuenta de que aquello era casi como tener una relación real. Quedaban para conectarse a una hora concreta, ella se ponía histérica si él se retrasaba cinco minutos... así que el día que Casanova66 le dijo que podían quedar para conocerse, Clara aceptó. Pensó que era la mejor solución para acabar con aquello de una vez. Estaba convencida de que Casanova66 habría mentido en todo menos en la edad. Decía que era un hombre de 50 años de 1,85, 80 kilos, en forma, con el pelo algo canoso y que había quien decía que tenía un cierto parecido con Richard Gere. Clara se imaginaba que sería una especie de Julián Muñoz, algún horterilla con olor a Varón Dandy, así que pensó que debían verse para que se rompiera el hechizo y su ansiedad. Cuando llegó al restaurante, vio a un señor que le recordaba más bien a Alfredo Landa y se fue directa hacia él. Pero no, no era Jorge (es decir, Casanova66). Se dio la vuelta y se arrepintió inmediatamente de haber quedado. Richard Gere era un pobre hombrecillo al lado de aquello. Era mil veces más atractivo. Clara, en un acto de protección, pensó que entonces debía de ser un psicópata ¿qué hacía si no entrando en un chat y quedando con ella? De repente, le gustó la respuesta que se dio: «lo mismo que yo, que no seré Julia Roberts pero no estoy nada mal». Una semana después de esa primera cita, Clara está feliz. Jorge no ha vuelto a llamarla, pero en vez de haber pasado una semana de angustia y de inseguridad porque Jorge no tiene ningún interés en volver a verla, tiene una extraña sensación de alivio. Ni siquiera ese richardgere ha conseguido romper el noviazgo con ella misma.

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