INFRALEVES

Pasé por Londres, por la Tate Modern, y además de recorrer la magnífica exposición de Louise Bourgeois, esa joven vieja dama del arte cuya mordacidad desgarrada sigue siendo un gran remedio contra las trampas del sentimentalismo, me encontré con una de las intervenciones más audaces que recuerdo en una institución artística. Me refiero a Shibboleth, la propuesta que la artista colombiana Doris Salcedo (Bogotá, 1958) acaba de presentar en la sala de turbinas de la antigua factoría eléctrica convertida desde el año 2000 en museo y centro de arte contemporáneo.

Lo primero que destaca en esta intervención es su sencillez: consiste en una grieta, una incisión, que comienza leve a la entrada de la Tate, en el suelo de cemento, y se prolonga a lo largo de toda su extensísima superficie, de un lado a otro, ensanchándose y penetrando hacia dentro del cemento de manera aparentemente caprichosa, como si fuera el resultado de un terremoto selectivo o la huella de un rayo divino en este mundo sin dioses. Apenas una línea, un gesto minimalista, podríamos decir, que crece y se desparrama hasta mostrar una hendidura, un corte profundo, en las entrañas de la tierra. No cabe duda: lo que está ante nuestros ojos es, de entrada, un cuestionamiento directo de la institución museo, cuyos cimientos resultan vulnerados en ese acto de desgarramiento. En la grieta sinuosa.

Pero hay más. El título que Doris Salcedo ha puesto a su obra, Shibboleth, es una palabra hebrea que aparece en la Biblia, en uno de los llamados libros históricos del Antiguo Testamento: Jueces, 12, 5-6. Shibboleth significa «espiga», aunque lo importante no es su significado, sino su uso: al término de una batalla en las riberas del Jordán, los vencedores identificaban a los vencidos que querían cruzar el río sin ser reconocidos como enemigos haciéndoles decir esa palabra. Al no poder pronunciarla correctamente, los detenían y los degollaban. De modo que la palabra es un signo que denota la exclusión del otro, del extranjero: de aquel que no puede modular el lenguaje como nosotros.

Con ese sentido la emplea uno de los más grandes poetas de nuestro tiempo, Paul Celan, en un juego cruzado de alusiones que remite a la vez a la rebelión obrera de febrero de 1934 en Viena y a la consigna de la España republicana, que se convertiría en lema de la defensa de Madrid: «Corazón:/ date a conocer también/ aquí, en medio del mercado./ Di a voces el shibbolet/ en lo extranjero de patria:/ Febrero, no pasarán». Sobre ello, leyendo a Celan, sobre los excluidos de la comunidad, la cifra secreta de esa palabra extraña, shibbolet, escribiría también un ensayo, a la vez luminoso y discutible, Jacques Derrida.

Shibboleth nos remite a Babel: a esa ruptura de la condición humana, pluralidad de las lenguas, que nos confronta y nos dispersa. Cicatriz inscrita en el corazón, en los fundamentos del museo de Occidente, Doris Salcedo nos habla, a la vez, de la dispersión que divide a todo ser humano de su semejante y de esa historia prolongada de la exclusión que hoy llamamos Occidente, o Europa, con la buena conciencia de haber pretendidamente superado lo que antes: Shibbolet, se llamaba colonialismo. Así que frente a eso nos sitúa esa grieta, o cicatriz: frente a la palabra que excluye. La última. La que de una vez por todas debiéramos borrar del lenguaje. De todos los lenguajes humanos. La grieta: shibbolet, esa palabra quiere decir frontera.

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