LAS CAUSAS DE LA PLAGA DE INCENDIOS
Los incendios arrasan una vez más una región mediterránea. Antes fueron Portugal y Australia, el pasado verano Grecia, y ahora le toca el turno a California. En nuestro país tenemos abundante experiencia y tristes recuerdos de lo difícil que resulta prevenir el fuego y, una vez que se declara, lo difícil que resulta combatirlo. En el bosque mediterráneo, ya sea en nuestra región, en California, en Chile, en Sudáfrica o en Australia, el enemigo está dentro del bosque. Por una parte el clima que hace coincidir los veranos con la estación seca; por otra, el hecho de que el éxito en la prevención no hace sino aumentar la biomasa que se acumula en el bosque con lo que, a la larga, se convierte en la crónica de una muerte anunciada: los éxitos de hoy aumentan la carga combustible y pueden agravar los fuegos de mañana. Eso sin contar con la causa principal, la premeditación malintencionada.
Esta vez el causante es el viento de Santa Ana, un fenómeno climático bien conocido. El aire procedente del Oeste de los Estados Unidos asciende por las montañas Rocosas y la Sierra Nevada. Al ascender condensa el vapor de agua y lo descarga en forma de lluvia. Luego desciende por el Este, ya de cara a la costa del Pacífico. Al descender, el aire seco se comprime por aumento de la presión y eleva su temperatura. En estas condiciones el chaparral californiano arde como la estopa.
NO SÉ SI debo pedir disculpas a los lectores por esta explicación fruto, sin duda, de la deformación profesional de un profesor, pero seguro que hace feliz a más de un gestor con responsabilidades en la prevención de los incendios, del mismo modo que la tristemente famosa gota fría sirve de explicación a las inundaciones de nuestro maltratado levante.
Pudiera parecer que hay un cierto fatalismo en esta plaga que se ceba con los bosques mediterráneos de todo el mundo. Pero si podemos describir el mecanismo que genera el viento de Santa Ana y sus consecuencias, ¿por qué seguimos construyendo casas en medio del bosque? Seguramente por la misma razón por la que seguimos cubriendo nuestro suelo con cemento y construyendo en medio de las ramblas levantinas a sabiendas de que antes o después serán arrastradas por las aguas.
Desconocer la realidad de los mecanismos de la naturaleza supone una ignorancia premeditada que no exculpa al ignorante que lo es, casi siempre, por intereses económicos o por la opinión de algún primo del ignorante.
Las consecuencias de los incendios de California recuerdan mucho a los efectos del huracán Katrina: miles de viviendas destruidas y cientos de miles de desplazados. Las catástrofes naturales se suceden por el planeta. Siempre han existido, es cierto, pero no cabe duda de que los mismos fenómenos naturales son cada vez más frecuentes o más intensos. Resulta inevitable pensar en los posibles efectos del cambio climático.
Al fin y al cabo su origen es muy sencillo: al aumentar la concentración de dióxido de carbono estamos inyectando más y más energía en la atmósfera y en los océanos de nuestro planeta, y las leyes de la física son inexorables: nuestro planeta tiene que disipar ese exceso de energía aumentando la fuerza de sus manifestaciones. Resulta paradójico que estas graves catástrofes naturales se estén produciendo en un país cuyo presidente se ha obstinado en negar las evidencias del cambio climático y que ha utilizado los servicios de una pléyade de funcionarios para suavizar las conclusiones demasiado duras de los informes de sus expertos y boicotear el Protocolo de Kyoto.
Un millón de desplazados ponen a prueba la musculatura social de los californianos que parece estar mucho más a tono que la capacidad de sus propias autoridades, cuyos planes de prevención y medios de extinción no parecen estar a la altura del país más importante del mundo. En el terreno de la prevención y extinción de incendios forestales Catalunya se ha convertido en un referente mundial aunque eso no elimine totalmente el riesgo de una posible catástrofe. Y es bueno recordarlo en estos días en que la moral de nuestra sociedad no parece pasar por sus mejores momentos.
LOS PROBLEMAS no han hecho más que comenzar. Por eso sorprende la intrepidez de quienes ponen en duda la posibilidad del cambio climático sin aportar ni un solo dato en que basar sus argumentos. En el terreno de la ciencia todos los conceptos son discutibles pero las opiniones gratuitas no tienen cabida. Los datos se rebaten con datos y frente al alud de información generada en miles de laboratorios de todo el mundo, debemos exigir a quienes se obstinan en restar importancia al cambio climático, que expongan sus argumentos y los datos en los que se basan. A menos que esos argumentos descansen en intereses no siempre confesables que provocan ignorancia premeditada. Y, si es verdad que existen dudas razonables, debemos exigirles que nos expliquen por qué se niegan a aplicar el principio de la prudencia.
Carlos Gracia. Profesor de Ecología Forestal de la UB.

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