TIEMPO RECOBRADO

Resulta difícil de creer lo que están viendo nuestros ojos, pero no nos queda otro remedio que confiar en nuestros sentidos y pensar que no nos hemos vuelto locos.

Hemos leído y escuchado que el Rey ha pedido la cabeza de un periodista a un obispo como si estuvieramos en los tiempos en los que las tropas del Duque de Angulema -los Cien Mil Hijos de San Luis- invadieron España para acabar con los liberales de Riego y restablecer la monarquía absoluta.

Hemos leído que ETA dice en su boletín que el Gobierno le sugirió utilizar la marca ANV para que sus testaferros pudieran concurrir en las elecciones municipales, burlando la legalidad.

Hemos leído que el ministro de Justicia propone que los jueces no tengan que hacer oposiciones y que puedan ser seleccionados a dedo desde el poder.

Hemos leído que el propio Zapatero se jacta de haber redactado él mismo la exposición de motivos de la ley de la memoria histórica que tanto ha dividido a los españoles.

Hemos leído que el corte de dos líneas de cercanías para terminar el AVE ha colapsado la ciudad de Barcelona, dejando sin transporte a 200.000 personas.

Hemos leído que el alcalde en funciones de Ondarroa ha sido expulsado violentamente del Ayuntamiento por la izquierda abertzale, que le obligó a abandonar el pueblo y a reunirse en otra localidad vecina.

Y hemos leído que el Gobierno se propone recusar a dos magistrados del Constitucional para crear una relación de fuerzas favorable a sus intereses y evitar que prospere un recurso sobre una ley claramente inconstitucional.

Todo esto lo hemos leído en los últimos días y nadie ha desmentido una sola palabra. ¿Será porque todo ello es cierto? El rasgo específico de la política en nuestro país es que sólo lo increíble acostumbra a ser verdad. Si algo parece lógico y verosímil, es casi seguro que se trata de una mentira.

Cualquiera de estas noticias hubiera provocado en otro lugar una verdadera crisis gubernamental con dimisiones en cadena. Pero aquí no sólo no sucede nada sino que es visto con toda naturalidad que, por ejemplo, un gobierno asesore a una banda terrorista sobre cómo burlar la ley.

Habría que ser un verdadero estoico para permanecer impasible ante tanto desatino. Pero la realidad demuestra que los españoles siguen tan tranquilos y que nunca pasa nada porque un escándalo tapa el siguiente.

¿Será que Rajoy tiene la culpa de tanto disparate? ¿Será que los normales somos nosotros y que los demás se han vuelto locos? No hallo explicación a esta zarabanda, que me sume en una profunda depresión.

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