AQUI NO HAY PLAYA
El problema de los políticos sin el don de la gracia es que tiran del humor cuando lo que se les pide es otra cosa, y al revés. Les sucede también a los notarios, no sé porqué. Mariano Rajoy despachó con una carpintería intelectual tirando a pobre lo que pudo ser una toma de postura (una declaración a conciencia) sobre el calentamiento global y sus consecuencias póstumas. Escogió el peor momento para hacer de hombre del tiempo que se confunde de mapa. El asunto del cambio climático no sólo da de sí un apocalipsis de medidas alarmantes, sino una filosofía correctiva de esta posmodernidad de asma y humo. Lo que el ciudadano pide a un político tipo Rajoy es algo más que lo que le ha dicho su primo el físico. Algo propio, queremos decir. Y no esa salida de minorista de las ideas, de líder desnivelado.
El liderazgo no sólo se incuba desmontando al enemigo, sino adelantándole en las preocupaciones. Más si éstas son de carácter global, mundial, aunque en el mundo de Rajoy se haya hecho una pausa para contar balcones con bandera a la hora del bocata. Una cosa es el mantra de los neohippies con sus ecoprofecías y otra el rigor científico de quien alerta de la gangrena del planeta con ejemplo y números.
De los desafíos que trae el pensamiento sostenible saldrán los nuevos estadistas del siglo XXI. El ecologismo dejó de ser la charca de los iluminados y los zampaflores. Lo que viene con él suena a nuevo materialismo histórico color acelga. No es la conciencia de los hombres la que determina su ser, sino que, al contrario, es su ser social el que determina su conciencia, como vino a decir Marx (tan viejito en tantas cosas). Y nuestro ser social es también una guerra de monóxidos, una fatwa contra el ángel azul del plástico y la gasolina.
Está muy bien eso de buscarle a la patria la peana, pero el señor Rajoy se ha olvidado de que más allá de las sociedades puritanas y satisfechas está el desafío de un futuro que no se puede despachar con un chiste de sobremesa. Andamos en el ensayo general de una nueva economía, de una nueva conciencia y de un nuevo discurso impulsado de algún modo por un agotamiento de los recursos naturales y sus consecuencias (las migraciones entre ellas). Es decir, por una alarma que anuncia que va a cambiar la racha. No se trata de saber predecir el tiempo que hará mañana en Sevilla, eso sólo le importa a los de las procesiones, sino de tomarle el pulso al diluvio severo del mundo. Hacer política seria es mirar más lejos. La tierra no se inunda por un resfriado de las isobaras. De la realidad del cambio climático se deriva la alfalfa antojadiza del futuro. Pero el baranda del PP ha demostrado que lo único que le importa es la reválida de marzo. Un gesto de vuelo corto, desconectado de una de las discusiones que ocupa también el debate y la agenda internacional. No estamos hablando de impulsar los coches con Nenuco, sino de un nuevo orden de las cosas que sale del desorden de ahora, del aguacero, del fuego loco, del agotamiento de un modelo, del error prolongado, señor Rajoy.
© Mundinteractivos, S.A.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados