Este fin de semana Elvira se decidió por fin a responder con una visita a la invitación de su prima gallega, María Xexuxiña, una gallina de Mos de pura raza. Siempre mantuvieron una fluida relación epistolar, pero Elvira consideró que hacía demasiado tiempo que no se veían, y ella siempre fue muy familiar. A ello se añadía una gran curiosidad, ya que su prima se había afiliado hacía un tiempo al PNG (Piteros Nacionalistas Gallegos), y a estas alturas todos sabemos cómo se las gasta Elvira.
Al principio, la muy tontaina pensó en ir volando, hasta que entre todos la convencimos de que, a pesar de ser aves y tener alas, las gallinas no están hechas para largos viajes migratorios. Las malas lenguas también achacaban esta imposibilidad a que la actual silueta de Elvira deja mucho que desear, pero las más razonables impidieron que esto llegara a sus sensibles oídos. Al final optó por el vehículo de cuatro ruedas, que, por supuesto, le tuve que prestar -confieso que con gran desconfianza, ya que se que no está muy ducha en la conducción-. Le pusimos unos cojines en el asiento para que pudiera ver a través del parabrisas, y muy contenta emprendió el viaje desde Paraxes a Vigo.
Después de muchas horas (no quiero decir cuántas) llamó para decir que había llegado. Estaba encantada en el gallinero de su prima: descansada del largo trayecto, cenando unos grelos recién cortados regados con albariño y en amena conversación (de hecho, ya le notamos un ligero acento gallego). El viaje había sido tranquilo, pero en los alrededores de Santiago contempló con pesadumbre las secuelas del devastador incendio del verano de 2006 y, no obstante, se seguían plantando eucaliptos a troche y moche: «Los humanos nunca aprenderéis», recitaba su coletilla favorita. Ingentes cantidades de aerogeneradores deslustraban el paisaje galaico y le recordaban que quizá su amado Paraxes podría convertirse en un inmenso parque eólico. Pero esto no impidió que nos colgara en seguida el teléfono, pues era reclamada para un brindis.
No supimos nada más de ella hasta que el domingo por la noche un coche aparcó (no demasiado bien) delante del gallinero. Del vehículo salió Elvira con aspecto agotado. Sus amigas corrieron hacia ella para recibirla con grandes muestras de alegría:
-¡Elvira, querida, qué bien que hayas llegado!
-Tienes cresta de cansada. Habrás hecho muchos kilómetros.
-No tengo ni idea. Respecto a kilometraje vengo un tanto confusa.
-¿Y eso?
-Veréis. Decidí venir por la clásica carretera nacional 634. Ya sabéis que a mí no me gusta la velocidad.
-Aunque te gustara, no te veo yo muy suelta, se carcajeó el gallo Ernesto.
-¡Cállate y deja que hable, listillo, petulante! Sigue, Elvira, no le hagas ni caso.
-Mi prima me recomendó que cogiera un nuevo tramo de autovía. Según ella, me iba a dejar casi a las puertas de Paraxes, pero en realidad el trecho se limitaba a circunvalar Vilalba (para grandones los gallegos). El caso es que al inicio del trayecto un panel anunciaba que la distancia al gallinero ovetense era de 179 kilómetros. Encantada, porque me parecía que el viaje se me estaba haciendo muy corto, cuál no sería mi sorpresa al ver que, al acabarse la autovía, la distancia al mismo punto misteriosamente había aumentado a 208 kilómetros.
-¡Atiza!
-Esto no acaba ahí. En Mondoñedo otro panel asegura a los ingenuos conductores que la distancia a Oviedo es de 207 kilómetros. Según el Ministerio de Fomento, los 35 kilómetros que separan ambas localidades se reducen, por arte de birlibirloque, a uno solo.
-¡Milagro!
-Eso sí, a mitad de camino entre ambos pueblos la distancia era de 196 kilómetros.
-¡Pobre Elvira! ¡Qué follón!
-Unos cinco kilómetros después la distancia se redujo a 166 kilómetros, y un poco más adelante, al entrar en San Cosme de Barreiros, volvió a aumentar a 180 kilómetros. En el medio de dicho pueblo la distancia a Oviedo había aumentado otros seis kilómetros. A estas alturas mi salud mental comenzaba a resentirse. Sólo pensaba en salir del maremágnum lucense.
-No me extraña. Menos mal que el occidente asturiano es otra cosa.
-Déjala que siga, Renata, no interrumpas.
-Eso me creía yo. «Por fin estoy en suelo astur. Las cosas aquí se hacen como Dios manda», me dije en alto para darme ánimos. Barres, Castropol. Indicación de 133 kilómetros al gallinero ovetense. «Esto está mucho mejor», pensé. ¡Ya, ya! A la salida de Tapia, supuestamente 12 kilómetros más cerca de mi destino, la distancia había aumentado, esta vez a 135 kilómetros, y a unos 200 metros se había reducido a 127. «Cielos», exclamé. A la salida de El Franco la distancia que me separaba de Oviedo en el indicador que estaba a mi izquierda era de 129 kilómetros, y en el que estaba a mi derecha era de 122.
A partir de ese momento me limité a conducir sin preocuparme de cuándo o cómo llegaría, quizás un agujero negro me había atrapado en su no-tiempo y no-espacio. Con alivio veo que he logrado salir de él. Pero mi prima María Xexuxiña va a tardar en volver a verme.
-¡Con lo bien que está el correo electrónico!

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