EL RUNRÚN
El minuto de oro de Carod-Rovira en TVE lleva una semana ocupando centímetros cuadrados en los papeles. A la noticia propiamente dicha le han sucedido el reflejo numérico de sus grandes registros de audiencia, encuestas diversas sobre la percepción de la ciudadanía y una retahíla interminable de artículos de opinión valorando esto o aquello. En general, dada la aplastante lógica de las respuestas de Carod, las críticas se han centrado en el tono, obviando lo substantivo de su lógica y centrándose en el adjetivo aplastante. Aun así, han sido críticas más bien tibias de opinadores aparentemente desapasionados. Sus detractores más acérrimos han dado la callada por respuesta y sus fans incondicionales han sacado pecho, recuperando las cotas de adrenalina propias de los tremendos tiempos del Dragon Khan. Uno de los fragmentos más reproducidos es el episodio nominalista del "no me llamo José Luis". Eso es algo que nos sucede cada dos por tres a quienes llevamos nombres que no coinciden con su equivalente en castellano. Justo antes de escribir estas líneas acabo de vivir el enésimo episodio con un burgalés recién llegado a mi barrio que esta semana ha visto, por primera vez, mi nombre escrito en un diario. "¿Así Màrius no es Mario?", me pide. Y le expido la respuesta tipo: "Pues sí, en castellano o italiano es Mario mientras que en catalán o francés, Màrius". Le observo sonreír satisfecho, como quien sacia su curiosidad, pero la conclusión que emite, sin ningún atisbo de mala intención, no deja demasiado margen a la esperanza: "O sea, que Màrius en normal es Mario". Ya lo ven, donde antes se apelaba a lo cristiano ahora se invoca a lo normal. Para que luego digan que la normalización lingüística no interesa a la gente de la calle.
A mí, del episodio del "yo me llamo Josep Lluís aquí y en la China" lo que más me interesó fueron los dos ejemplos que usó Carod para culpabilizar a la jubilada vallisoletana. Le dijo que los españoles tenían un problema porque no habían aprendido a decir Josep Lluís en trescientos años y en cambio eran capaces de decir Schwarzenegger y Chevernadze. Tiene razón Carod, aunque se equivocase de interlocutor.
No sé qué hubiese sucedido si la señora, en vez de sacar a relucir sus prejuicios ( "no me interesa aprender catalán") para servirle una pelota de set al político, hubiese sido sincera al admitir, sin complejos, que tampoco era capaz de decir ni Schwarzenegger ni Chevernadze. Los aplausos hubiesen cambiado de receptor, porque en televisión la ignorancia siempre despierta grandes simpatías. Pero no. Pudo más el menosprecio (por cuanto ignora) de la señora que la asunción de las propias limitaciones, que siempre es un primer paso para superarlas, y el aplauso se lo llevó Arnold Carod. Lo de mentar a Schwarzenegger no sorprende, porque el apellido austriaco del actual gobernador de California es un ejemplo universal de nombre difícil de pronunciar, pero mucha gente se ha preguntado por qué Carod se acordó del ex presidente georgiano Eduard Chevernadze en un momento así. La respuesta viene de Frankfurt. En el acto inaugural de la reciente Feria del Libro un anciano Chevernadze siguió los parlamentos sentado en primera fila junto a las otras autoridades. De ahí que su sonoro apellido figurase en los archivos de memoria inmediata en el cerebro de Carod.
El buscador Google tiene un ranking de los nombres cuyas búsquedas generan más errores de picaje, en cuyo caso se activa la función "tal vez quiso decir x". Schwarzenegger figura en un lugar destacado, pero no aparece Chevernadze. El apellido eslavo que genera más confusiones es Solzhenítsyn, del escritor Alexander Solzhenítsyn, autor de Archipiélago Gulag y represaliado por esa unidad de destino en lo universal que se llamó Unión Soviética.
MariusSerra@verbalia.com

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