EL RUNRÚN

Supongo que a ustedes también les habrá sucedido, en alguna ocasión. Es aquella situación absurda en que uno debe presentar imperiosamente un papel y empieza a revolver cielo y tierra sin dar con él. Uno mira por los rincones más insospechados, por los escondrijos más recónditos - las mujeres suelen confundir esconder con ordenar-, pero nada, el papel de marras continúa sin aparecer y el tiempo pasa inexorablemente y la angustia crece por momentos. En mi caso, se trataba de una escritura de venta de un apartamento efectuada por mi fallecido padre. Salieron todos los papeles relacionados con el asunto, incluso salió la escritura de compra - nada menos que del año 1975-, pero no apareció por parte alguna la dichosa escritura de venta. Así que pasé a la acción.

Habida cuenta de que en la localidad costera donde estaba el apartamento sólo había una notaría, me puse en contacto con ella. No quedaba más remedio que personarme provisto del DNI y me darían la anhelada copia. Me trasladé allí, acudí a la notaría, pero la escritura no constaba. Sólo había una solución: visitar el registro de la propiedad, donde aparecería la notaría en que se efectuó la venta. Había un problema, porque aquella localidad tenía dos registros. Elegí uno al azar, y evidentemente no era ése. Fui al otro registro, rellené el formulario y se lo entregué a una señorita. Lo miró de arriba abajo y me comunicó que la persona que se encargaba de aquellos menesteres estaba en el juzgado y no sabía cuándo volvería. Era la una de la tarde y faltaba media hora para el cierre. Puse cara de angustia, le expliqué que me corría mucha prisa y había venido expresamente desde Barcelona. Su respuesta fue antológica: "Todos vienen con prisa, en el último momento. Yo, desde luego, no se lo voy a hacer". Se dio la vuelta y me dejó con la palabra en la boca.

Me fui a comer y a las tres en punto estaba en el registro. Tenía ya el nombre de la notaria, que era la notaria de la localidad contigua a la que me encontraba. Localicé el teléfono y llamé. El contestador me hizo saber que la jornada acababa a las tres y se reanudaba a las cinco, pero yo debía volver a Barcelona. Una mañana perdida. En el viaje de vuelta tuve una idea, incluso podía que fuera una buena idea: pondría el asunto en manos de un gestor, y así lo hice. Pero el resultado fue descorazonador. Tenía que otorgarles unos poderes notariales, acompañados del testamento. Así que me puse en contacto con la segunda notaría. No quedaba más remedio que acudir yo en persona con los documentos.

Una segunda mañana perdida. Al llegar la notaria, la señorita miró someramente la documentación presentada y en un santiamén hizo una copia de la famosa escritura. Y aquí viene lo bueno. ¿Saben ustedes cómo la hizo? Pues con un ordenador, un ordenador igual que el mío, con el que estoy escribiendo estas líneas. Es decir, que si hubiera querido, una vez realizada las comprobaciones necesarias, yo hubiera podido recibir la copia de la escritura por correo electrónico. Yo puedo adquirir entradas para un concierto, hacer la compra de la semana sin moverme de casa, dejar una paga y señal por la reserva de una habitación de un hotel, puedo hacer prácticamente millones de cosas, pero no puedo recibir una simple escritura. En los albores del siglo XXI, para la administración y sus adláteres nuestro tiempo no vale nada, carece de cualquier valor, continuamos siendo súbditos, y no ciudadanos, a los que se les concede una gracia, se les hace un favor. Y si no, ya lo saben, mucha sociedad del conocimiento, mucha globalización, mucha interconexión y mucha mandanga pero "Vuelva usted mañana" y encima por favor.

mtrallero@telefonica.net