EN LA COLUMNA DE UMBRAL / 52
En algún lugar de La Moncloa permanece enmascarado un símbolo franquista o algo así. Se dijo días atrás, a cuenta de la Ley de la Memoria Histórica, y luego se explicó que allí había algo referente a la dictadura en forma de placa, bajorrelieve o vaya usted a saber qué; y que hace unos años se escondió con otro ornamento. No se ve; pero dicen que, estar, está.
El cuento (se non é vero, é ben trovato) se me antoja una magnífica metáfora de lo que tal vez nos suceda a la hora de aplicar cirugía cardio-neuronal a nuestro pasado. Y es que hay quien tiene un secreto en el armario que no quiere airear porque sus abuelos anduvieron en uno u otro bando en la guerra o porque sus padres, o ellos mismos, sobrevivieron a la dictadura jurando fidelidades a unos símbolos y principios sin los que no podían ser funcionarios ni licenciarse en el servicio militar para seguir con su vida laboral y ganarse el pan, el 600 y la vivienda de protección oficial.
Cuarenta años dan para mucho: para dejar huellas en un pasillo del hogar de los Zapatero y para que a demasiada gente le quede un resto de franquismo, duda, prudencia y miedo enmascarado por otro ornamento colgado en los últimos 30 años de democracia.
En Alemania saben que es necesario el paso de tres generaciones para cicatrizar heridas, por eso allí apenas se habla del pasado ni del nazismo. En ocasiones, a los pueblos les recorre un torrente de culpabilidad en las horas del duermevela que les deja sonados durante todo el día. No sé si a los españoles nos pasa algo así, pero parece que la mera invocación de la memoria desata tal jauría de gatos por las tripas que, en mi opinión, la cosa es más de sillón de psicoanalista que de Congreso de los Diputados.
Acaso los españoles tengamos afición al sufrimiento. Nos reímos con el humor negro, esperamos que el toro empitone al torero, hacemos de la pólvora una droga... Armamos un motín a Esquilache porque nos recortan la capa, impidiéndonos ocultar rostro y faca, y nos liamos a escenas goyescas por un quítame allá un puñado de razones. Y es que la Guerra Civil puso fin a la República y a un modelo educativo que no tuvo tiempo de hacernos tan civilizados como para no andar hoy discutiendo por todo, como si en cada decisión nos fuera la vida y la dignidad. Si ese amor a la disputa lo tuviéramos por el saber y la cultura, tal vez fuéramos más aburridos que funcionarios suizos, pero al menos nos evitaríamos muchos sobresaltos.
Otra cosa es lo que cada cual opine de la legitimidad de un régimen político que se establece por la fuerza. Y si, en esas circunstancias, sus sentencias judiciales son válidas; si sus víctimas merecen reparación u olvido; si moralmente cabe recuperar sus cuerpos y darles al fin un entierro digno; si, en definitiva, se deben respetar o deplorar las dictaduras.
Que cada cual se pregunte y se responda. Y después, que decida si ya ha llegado el momento o todavía es pronto para proponérselo a la sociedad. La respuesta tendrá que ver con la moral de cada cual y, sobre todo, con los gatos que todavía arañen el gotelé de sus tripas.
© Mundinteractivos, S.A.

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