Cuando el pasado chocó con el futuro, de Félix Martínez en El Mundo de Cataluña
A FONDO
30 ANIVERSARIO DE LA VUELTA DE TARRADELLAS (y II)
El regreso de Tarradellas a Barcelona el 23 de octubre de 1977 para presidir la Generalitat Provisional tenía por objeto dar continuidad legítima a la institución. El Gobierno de Adolfo Suárez había accedido a conceder a Cataluña las instituciones de autogobierno que había conseguido durante la Segunda República y que fueron abolidas por la dictadura. A Tarradellas, pues, le correspondía seguir ejerciendo el papel de símbolo que venía desempeñando desde 1954 mientras las Cortes Constituyentes redactaban la Constitución de 1978 y los representantes de los partidos catalanes reunidos en el parador de Sau hacían lo propio con el Estatut de 1979.Un Estatut que apartaría defitinivamente a Tarradellas de la vida pública.
Cuando Josep Tarradellas regresó con el reconocimiento del Rey don Juan Carlos y del presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, como presidente de la Generalitat tenía 78 años. A pesar de la condición provisional del cargo, el viejo político republicano afrontaba su primera y última oportunidad de ejercer como president en Cataluña y, además, por poco tiempo. Una vez se aprobara el Estatut se convocarían elecciones al Parlament de Catalunya y Tarradellas tendría que ceder su puesto al primer presidente electo de la Generalitat tras la muerte del general Franco.
Entre 1954 y los primeros años de la década de 1970, la existencia de la familia Tarradellas había sido triste y gris. Los últimos fondos de la Generalitat republicana se destinaron a la adquisición de la finca de Saint-Martin-le-Beau en la que fijaría su residencia durante 23 años y su actividad política se redujo a la nada.Apenas había contacto con los catalanistas antifranquistas que ejercían su oposición al franquismo desde el interior de Cataluña.Tarradellas era una brumosa sombra del pasado, una referencia casi olvidada en el centro de Francia.
Las cosas empezaron a cambiar en los años 70, cuando ya se hacía evidente que el franquismo, como el mismo dictador, encaraba sus años finales. Sólo entonces, los líderes políticos catalanes empezaron a desfilar por la residencia rural de Tarradellas más para legitimarse a sí mismos ante sus seguidores en Cataluña que para escuchar las ideas del viejo president. Aun así, Tarradellas no necesitaba una agenda para organizar sus actividades diarias.Una de las personas que acudieron a visitar al presidente de la Generalitat en el exilio relata la conversación que mantuvo con él para concretar la fecha de la cita: «Le llamé por teléfono de parte de un conocido común y le comuniqué mi intención de desplazarme a Saint-Martin-le-Beau para visitarle. Se mostró especialmente predispuesto y, cuando le pregunté cuándo podía ir a verle vaciló un momento. «Mañana, no», me dijo, para acabar con un «venga pasado mañana». Era evidente que no tenía nada que hacer pero que se negaba a admitirlo».
El entonces máximo responsable de Banca Catalana, Jordi Pujol, en 1975 semanas antes de presentarse ante la sociedad civil como candidato a liderar las instituciones de autogobierno de Cataluña si finalmente se recuperaban, fue uno de los que acudió a encontrarse con Tarradellas en su exilio francés. La conversación que mantuvieron fue más larga de lo que cabía esperar, pero marcaría unas relaciones futuras especialmente difíciles. Entre Tarradellas y Pujol no hubo química entonces ni la habría en el futuro. Tal vez porque el viejo político vio en el joven banquero al hombre que ocuparía su puesto y que le condenaría al olvido. El entonces president acompañó a su visistante a la estación donde Pujol debía tomar el tren de regreso a España. Cuando el convoy hizo su parada para recoger a los pasajeros, Tarradellas se despidió de Pujol con una frase admonitoria: «Usted podrá llegar a ser lo que quiera».En otras circunstancias y pronunciada por otra persona, la frase en cuestión podría haber sido interpretada como un alago. Pero el rostro de Tarradellas y toda su expresión corporal le daban un sentido completamente distinto. El viejo político parecía admitir que acababa de conocer al hombre que iba a ocupar el papel que al propio Tarradellas le habría gustado desempeñar en la Historia.
En las elecciones constituyentes de 1977, las izquierdas lograron una aplastante victoria en Cataluña. Aunque parte de lo que finalmente sería el PSC acudió a las urnas como parte de una amplia coalición en la que destacaba el liderazgo de la Convergència Democràtica de Jordi Pujol, fueron los socialistas de Joan Reventós y el PSUC capitaneado por Antoni Gutiérrez Díaz los que lograron la hegemonía política. Estas fuerzas, con la complicidad de Suárez y de su hombre en Cataluña, el periodista Carlos Sentís, y del hombre de la burguesía ilustrada, Manuel Ortínez, fueron quienes orquestaron el regreso de Tarradellas a Cataluña. Un Tarradellas que se sentía completamente alejado de la Esquerra Republicana del momento, dirigida por Heribert Barrera, y muy próximo a la izquierda política que había propiciado su retorno. Al fin y al cabo, él iba a ocupar un lugar que las urnas habían adjudicado a Joan Reventós. El viejo político no olvidaría el gesto de generosidad política de Reventós, al que electoralmente y de forma no demasiado sutil apoyaría en las primeras elecciones autonómicas de 1980.
Inmediatamente tras su llegada, Tarradellas nombró un Govern de concentración nacional del que formarían parte, entre otros, Frederic Rahola (ERC), como conseller de Governació; Pere Pi-Sunyer (CDC), como responsable de Educación y Cultura; Juan José Folchi (UCD), Economía; Narcís Serra (PSC), Obras Públicas, y Antoni Gutiérrez Díaz (PSUC), Jordi Pujol, Joan Reventós, Carles Sentís y Josep Maria Triginer (PSC), como consellers sin cartera. La relación entre Tarradellas y Pujol en los dos años de Govern provisional fue fría y distante.
Pero cuando fue más evidente su incompatibilidad fue a partir del 20 de marzo de 1980, cuando, contra todo pronóstico -a excepción quizás de los de Tarradellas y Pujol- Jordi Pujol se alzó con la victoria en las urnas. No podría tomar posesión de su cargo hasta el 18 de mayo. La razón: Tarradellas, que sería el único presidente en ocupar la Casa dels Canonges -la residencia oficial del president-, se negaba a abandonar el palacio. Primero, porque el piso que el Govern le había puesto en la Via Augusta aún no estaba acondicionado. Cuando lo estuvo, porque no se había previsto qué hacer con su archivo personal. Pujol delegó en su hombre de confianza de la época, Lluís Prenafeta, las negociaciones con el presidente saliente para que abandonara la Casa dels Canonges.Prenafeta se convirtió en el ser más odiado para Tarradellas.«Usted es la única persona que ha hecho llorar a mi esposa» solía reprocharle el viejo president. Finalmente, cuando su permanencia rozaba el escándalo, Pujol encargó a Prenafeta que comprara a Tarradellas su archivo por cinco millones de pesetas. El primer presidente de la democracia sigue sin hablar de Tarradellas y sin acudir a los homenajes que la izquierda, que se ha apropiado de su figura, suele hacerle.
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