El reto de las enfermedades neurodegenerativas
La trayectoria del ex president
Luchador solitario y obstinado, el ex president afronta su última batalla
A Pasqual Maragall pocas veces se le encuentra donde se le espera. Intuitivo, genuino y -en cierto modo- provocador, ha hecho siempre gala de un inveterado gusto por la heterodoxia intelectual y la independencia personal. Incluso, o especialmente, en aquellos momentos en que ejercer esa libertad de criterio resultaba más incómodo, más áspero. Y más incomprendido. También ahora. Maragall ha sido siempre, y sigue siendo, un electrón libre -como sería rápidamente calificado en Francia-, cuya incontrolable personalidad ha sacado tradicionalmente de quicio tanto a sus adversarios como a sus propios compañeros de filas y le ha valido muchas veces, a lo largo de su prolongada y contradictoria carrera política, la acusación de lesa frivolidad. Muchos de ellos derramarán hoy lágrimas de cocodrilo, como si de unas exequias anticipadas se tratara, cuando hace bien poco celebraban su forzada amortización política.
El Maragall de siempre, el auténtico, volvió a aparecer ayer para anunciar con enorme dignidad -y un punto de autoparodia, ¿por qué no decirlo?- su grave enfermedad.
Un gesto inédito en la usualmente púdica sociedad española, donde prefiere hablarse de "larga enfermedad" que pronunciar la palabra cáncer. Yen la que la degeneración de la salud del ex presidente Adolfo Suárez - a causa precisamente del alzheimer- fue ocultada durante largo tiempo por su familia. Pasqual Maragall rompió ayer este tabú y habló valientemente de su enfermedad, a la que piensa combatir con la misma perseverancia y la misma obstinación que ha demostrado a lo largo de toda su vida. Más Maragall, pues, que nunca.
"Hicimos los Juegos Olímpicos, aprobamos el Estatut y ahora iremos a por el alzheimer", declaró ayer el ex alcalde y ex president, utilizando una formulación que a buen seguro habrá levantado ya algunas sonrisas condescendientes, si no conmiserativas. ¿Otra maragallada?La palabra ha sido tantas veces usada con afán denigratorio que ha acabado perdiendo su sentido original ambivalente, cáustico pero a la vez simpático y cariñoso.
Maragall nunca ha tenido miedo al ridículo. Y esa cualidad - porque de una cualidad se trata- nunca ha sido bien entendida, y menos aceptada. Probablemente la adquirió durante sus largas estancias en Estados Unidos, un país - admirable en tantos sentidos- donde la falta de sentido del ridículo y la capacidad de reírse de sí mismo es socialmente valorada. La creatividad y el empuje que existen al otro lado del Atlántico probablemente debe mucho a esa actitud abierta ante la vida.
El psicólogo Edward de Bono acuñó en 1970 el concepto de pensamiento lateral para definir un método de pensamiento - opuesto al pensamiento lógico y deductivo- que explora por distintas vías y en distintas direcciones, fuera de los modelos establecidos, para hallar la solución de un problema. Es un método que rehúye lo obvio y no teme a lo absurdo. Maragall no tiene miedo al ridículo y por eso ha sido capaz de salirse de los caminos trillados y atreverse con ideas diferentes a las establecidas, aun arriesgándose a ser tildado de ridículo o de insensato. A veces ha patinado, ¡claro! Pero sólo patina quien osa salir a la pista.
Quienes peor han tolerado las particularidades de Maragall - un gran alcalde, un president discutible, un político inusual- han sido sus camaradas socialistas. No es sorprendente. Son también quienes más las han sufrido. La falta nunca está de un solo lado, y si el aparato del PSC puede ser acusado de haber actuado con mezquindad con quien otrora fuera su líder, no es menos cierto que el elitismo de Maragall - incapaz también de escapar al endiosamiento del poder, pese a su profunda humanidad- no ha ayudado a suavizar unas relaciones llamadas necesariamente a ser difíciles. Al final del camino de una vida - en este caso, de una vida política-, no queda lugar para las componendas. Así que no es de extrañar que Maragall haya decidido cortar definitivamente los lazos con su viejo partido.
Luchador solitario y obstinado en batallas que todo el mundo daba por perdidas, Maragall encara ahora una lucha feroz contra un nuevo y terrible enemigo. Pero en sus palabras se ve que acude al combate con el mismo espíritu rebelde con que ha guiado su vida. "Nadie ha dicho que la enfermedad sea invencible", ha declarado. Basta con que uno lo crea para que empiece a ser verdad.

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