30º ANIVERSARIO DE LA VUELTA DE TARRADELLAS

La historia

Tarradellas aceptó convertirse en 'president' en el exilio, a sabiendas de que no podía esperar gloria ni fortuna sino sólo encarnar una institución

Para ir más allá del famoso «Ja sóc aquí!» y saber algo más de Josep Tarradellas, hay que viajar a Poblet, en Tarragona. Poblet se fundó en 1150. Es un recinto amurallado con forma de fortaleza. Es el prototipo de abadía cisterciense española y panteón real de los reyes de la corona catalano-aragonesa, desde Alfonso XII. Poblet alcanzó su máximo esplendor en el siglo XIV y su total decadencia y abandono en 1835 como consecuencia de la desamortización de Mendizábal. El Archivo Montserrat Tarradellas y Macià (nombre de la hija de Tarradellas) se encuentra situado en el complejo monacal fundado en 1981 gracias a la donación de los documentos personales del ex presidente de la Generalitat. Pasé tres meses investigando para mi tesis doctoral sobre el exilio político catalán en el archivo Tarradellas.

El archivo se divide en cuatro secciones que a su vez corresponden a las cuatro etapas de la vida del presidente: hasta 1939 (archivo que se guarda gracias a Salvador Tarradellas, padre de Josep, que lo escondió bajo los viñedos de Saint-Martin-le-Beau); el exilio desde 1939 hasta 1977 (lo más interesante en este periodo es la correspondencia entre los líderes en el exilio, como las cartas entre Tarradellas y Pi i Sunyer); su etapa como presidente de la Generalitat entre 1977 y 1980 y una última sección a partir de 1980. Además, el archivo incluye un fondo gráfico de 34.000 fotografías muy útiles para ilustrar las figuras del momento.

La visita al monasterio de Poblet, en Tarragona, es una de las excursiones más maravillosas que se pueden hacer en Cataluña. Es un lugar de recogimiento y reflexión. Es austero y solemne. La responsable del archivo te acoge cálidamente. Se llama Montserrat Catalan Benavent.

Tarradellas nació en Cervelló (Barcelona) en 1899. Cuando se creó ERC en 1931, fue nombrado su secretario general. Entre 1931 y 1937, fue consejero de la Generalitat al frente de varias carteras. Se exilió en febrero de 1939 a Francia donde fue capturado por el Gobierno de Vichy. El Gobierno franquista pidió su extradición pero le fue denegada. Huyó a Suiza donde consiguió asilo político y regresó a París en 1944. Tarradellas era un liberal de izquierdas. Defendía dos tesis: la necesidad de colaborar con el gobierno republicano y la necesidad de mantener la primacía de la Generalitat.

En el exilio, siguió luchando contra el franquismo aunque no siempre con eficacia. Por ejemplo, se creó una rivalidad entre el Consell Nacional Català (CNC) de Londres dirigido por Carlos Pi i Sunyer y el núcleo de Francia dirigido por Josep Tarradellas con el nombre de Front Nacional Català (FNC). En 1941, Tarradellas mandó a Joan Sauret a México para neutralizar el poder del CNC en América. Tarradellas aludió a diferencias ideológicas para justificar su oposición al CNC, aunque la razón real era la rivalidad por el poder en el exilio. La desunión debilitó su legitimidad.

En 1945, Tarradellas comprendió que debía aunar esfuerzos y creó Solidaritat Catalana en París que incluía ERC, Acció Catalana Republicana (ACR), UDC, Estat Català, el Frente de Libertad (socialistas), los Frentes de Resistencia y FNC. Solidaritat era un movimiento paralelo y similar al CNC. Al ver que Tarradellas estaba intentado restablecer la Generalitat, Pi i Sunyer decidió disolver el CNC. Sin embargo, era demasiado tarde para intentar crear una plataforma unificadora y ésta no llegó a solidificarse.

El gobierno de la Generalitat en el exilio se deshizo en 1948, aunque Josep Irla seguiría representando la presidencia de facto hasta 1954, año en el que Tarradellas fue nombrado presidente. El 7 de agosto de 1954, fue elegido presidente de la Generalitat por los diputados del Parlamento de Cataluña reunidos en la embajada de la república española de México. Renunció a formar gobierno en el exilio y, después de viajar por diferentes países de América, fijó su residencia en Francia, en Saint-Martin-le-Beau.

En noviembre de 1970, el presidente Tarradellas escribe una carta a Joan Sansa, su hombre en el interior de Cataluña diciéndole: «Si las instituciones tanto catalanas como republicanas del pasado no tienen prestigio ni merecen la confianza del interior, todo lo que se pueda hacer es inútil y ésta debe ser nuestra única preocupación.(...) No quiero que me ocurra como a los vascos o a los republicanos que no representan a nada ni a nadie. (....)Todo lo que no sea pensar que es en el interior donde debe nacer la fórmula, el consejo o el gobierno que pueda representar a Cataluña, es perder el tiempo y dañar a Cataluña. Si el día de mañana, ya lo sabéis y lo he dicho muchas veces, considero que con lo que he representado y lo que represento puedo ser útil muy bien, lo aceptaré o no, pero no se pueden tomar decisiones solamente para crear revuelo. Ya conocéis la frase que he hecho mía: Todo menos hacer el ridículo. (Archivo Tarradellas). Esta carta a Sansa reafirma la teoría del distanciamiento y la falta de comunicación entre exilio y el interior. Y deja claro que los catalanes del interior no aceptaban la legitimidad de los del exterior.

Hasta ahora la historiografía explica el fracaso de la oposición catalanista por su falta de recursos, la falta de ayuda internacional y la capacidad de represión del franquismo. Pero, también tuvo, en parte, culpa de su fracaso: los políticos catalanes sufrieron problemas económicos y de comunicación pero también sufrieron en parte por culpa de sus divisiones internas y de las luchas por el liderazgo, y por su incapacidad de crear un frente común legítimo y sólido en contra de Franco.

Hasta la muerte de Franco, Tarradellas mantuvo una actitud testimonial en defensa de la legitimidad de la presidencia de la Generalitat como único poder catalán. Desde 1976, intensificó sus contactos con políticos catalanes del interior y, después de un viaje a Madrid, cuando se entrevisto con el Rey y con el presidente Suárez, volvió a Barcelona el 23 de octubre de 1977, en loor de multitudes. Era el líder de ERC pero supo aglutinar también a la derecha en su regreso, a todos los partidos excepto a Alianza Popular.

Se convirtió en la imagen de la recuperación de la institución de la Generalitat. A su regreso, lidió muy diplomáticamente con las fuerzas de la derecha, con Adolfo Suárez en Madrid e incluso con los militares en Cataluña. Fue nombrado presidente de la Generalitat provisional por designio real con el acuerdo de los partidos políticos catalanes y formó un consejo ejecutivo unitario. En principio fue contrario al Estatut pactado en las reuniones de Madrid de 1979 pero decidió finalmente recomendar el «sí».

Se le ha acusado de retrasar la aprobación del Estatut porque, al prever elecciones, forzaba su retirada. Pero la carta que transcribo contradice esta teoría y achaca la lentitud del proceso a los formalismos institucionales de Suárez. Transcribo la carta de Adolfo Suárez a Josep Tarradellas del 28 de abril de 1980: «Por el presente delego en usted mi representación para dar posesión al Muy Honorable Señor Don Jordi Pujol i Soley como presidente de la Generalidad de Cataluña, de acuerdo con el nombramiento efectuado por S.M. el REY (...) facultándole asimismo para proceder a la convocatoria del acto de posesión.» Lo que realmente nos interesa de esta carta es su fecha. De ella, se desprendería que el retraso en el traspaso de poderes no fue sólo culpa de Tarradellas sino tambien de Suárez. Dejo la puerta abierta para el debate.

Tarradellas dejó un legado político contradictorio (una etapa gris en el exilio y una vuelta a Cataluña triunfal). Sin embargo, tiene dos cosas con las que muchos hombres soñarían: una frase por la que recordarle («Ja sóc aquí») y un archivo en su memoria en un lugar místico.

Casilda Güell es doctora en Historia Internacional por la London School of Economics y profesora de política comparada en la Universitat Autónoma de Barcelona.

PUERTA ABIERTA PARA EL DEBATE.

Se acusó a Tarradellas de retrasar la aprobación del 'Estatut' que forzaba su retirada, pero la carta arriba transcrita, fechada en abril de 1980, demostraría que el retraso en el traspaso de poderes también fue culpa de los formalismos de Suárez.

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