CUADERNO DE MADRID
Carlos Magno, periodista de Oporto y amigo de los diálogos iberistas -divagaciones, más bien; intuiciones con algo de luz en el horizonte, en el mejor de los casos-, tiene un interesante programa en la radio pública portuguesa que podría crear escuela en España si la mala baba imperante no ahogase la imaginación. El programa de Carlos lleva por título Freud y Maquiavelo e intenta analizar la actualidad política con la ayuda de un psicólogo. Lo cual no resulta fácil en Portugal, ya que su pacífico maremágnum político es muy espeso. Muy espeso.
En España, cuya talla grande ha crecido gracias al furor inmobiliario y al recuperado horizonte latinoamericano, todo fluye con mucha más rapidez y agresividad. Lo sabemos, lo apreciamos y lo padecemos. Estaremos de acuerdo, por tanto, en que un Freud y Maquiavelo español requeriría la colaboración radiofónica de un buen psiquiatra. Porque el cuadro es clínico y medio americano. Conviene tenerlo siempre en cuenta: Madrid es hoy la ciudad más americana de Europa. Dinámica a tope, no va a la zaga de Londres. Aunque hay días en que a uno le entran ganas de echarse en el diván y confesarle al Dr. Freud: "¡Qué coñazo!".
También se lo puedes contar a Ella. A Lisboa. Lisboa atempera, relaja, pero si te descuidas, su luz blanca te empujará al delirio. Hay viajeros que no han regresado del estuario. En la Rua Áurea, bajando hacia la plaza Comercio, la luz es tan potente, tan conmovedora, que altera los sentidos. Allí se aparece Fernando Pessoa recitando: "Sólo lo que soñamos es lo que verdaderamente somos, porque lo demás, por estar realizado, pertenece al mundo y a todo al mundo". Allí, en la Rua Áurea, se crean atlas visionarios.
Y entiendes la grandísima importancia que tuvieron los barcos portugueses y españoles en la formación del mundo en movimiento, el mundo esférico, el mundo circunvalado y cartografiado, el mundo globalizado a base de vela y coraje.
"Todo barco en mar abierto encarna una psicosis que ha levantado anclas", escribe el filósofo alemán Peter Sloterdijk en El mundo interior del capital, su libro más reciente. Apasionante y tremendamente sugestivo, como toda su obra. Si Sloterdijk tiene razón y las caravelas fueron unidades psicóticas lanzadas a la aventura, en las que los europeos inquietos se entregaban al éxtasis del miedo, habría que revisar en clave psicológica toda la historia de los descubrimientos.
Si las caravelas fueron unidades al borde de la locura, una locura fecunda que permitió dibujar mapas, trazar rutas oficiales y secretas, escribir libros de viaje, llenar las bodegas de tesoros y clavar cruces lejanas, habría que contemplar las actuales ansiedades de España y Portugal bajo una lógica distinta. Con una dialéctica poco explorada: la del mar y la tierra. Una dialéctica equívoca, puesto que llamamos Tierra a un globo en el que el mar tiene mayoría casi absoluta.
En Portugal, hasta ahora -hasta hoy-, el mar ha mandado sobre la tierra. Huyendo de España, Portugal se lanzó al Atlántico. Más que grandes conquistadores, Magallanes y Vasco de Gama fueron cartógrafos descubridores. Dibujaron mapas. La actual crisis espiritual portuguesa no sólo es fruto de la silenciosa pero implacable invasión económica española, que ya alcanza las habitaciones del alma (los medios de comunicación) y las preciadas rutas de negocio con África; la rica Angola, por ejemplo. Es eso y algo más: es un nuevo equilibrio tierra-mar.
Porque España es tierra. Tierra-tierra. ¿Qué queda de la locura náutica de los navegantes españoles? Acaso el vigente desprecio político a todo sentido del límite, acaso una angustia crónica: la pervivencia del espíritu cenizo del 1898, que impide al nacionalismo español de nuevo cuño dar gracias al cielo por lo fantásticamente bien que le está tratando la globalización. Que le ha devuelto el vínculo con América, que le ha regalado un idioma de primera, que le permite expandirse sin repetir las barbaridades de antaño. Muchos Te Deums tendrían que celebrar, con el cardenal Rouco Varela al frente.
Atlas visionarios de la Rua Áurea, que siempre han interesado al president Maragall, amante de Portugal. Hombre tierra-aire, que nos emocionará con su tenaz cartografía. Suya e intransferible.

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