Al presidente del Gobierno se le mudó la expresión cuando fue preguntado ayer en Lisboa sobre la pesadilla que no cesa en Barcelona. Minutos antes había sido interrogado sobre el atentado en Pakistán, tenebroso augurio con bomba atómica de por medio, y supo responder con el mejor estilo de las cumbres de la UE: con prontitud y soltura, esto es, sin decir nada.

Se le mudó la expresión cuando le fueron mentados el AVE y demás trenes de Barcelona. El presidente no se quiso manchar de grasa y dejó en manos de los técnicos toda decisión sobre el tramo Sants-Bellvitge (cortar la vía durante unas semanas o aplazar la llegada del AVE a Barcelona). He ahí un primer mensaje en clave: el 21 de diciembre está dejando de ser fecha talismán en la Moncloa; la ansiada fecha de un nuevo contrato electoral entre Zapatero y la Catalunya que no se reconoce en la derecha española.

Zapatero apeló a la prudencia, reconoció que la culpa es del Gobierno - lo dijo tal cual, con un punto de azoramiento en la mirada: "por supuesto, la culpa es del Gobierno"-, e insistió por vez enésima en que el Gobierno está intentando paliar el escandaloso déficit de inversión en Catalunya. Un propósito que, a fecha de hoy, podría compararse a la piedra rodante de Sísifo: a punto de llegar a la estación de Sants, se desliza, arrolladora, cuesta abajo.

Zapatero sabe perfectamente que Aznar perdió en Catalunya y no quiere correr la misma suerte en marzo de 2008. No quiere, porque las alarmas suenan con insistencia. Todos los sondeos detectan un hondo cabreo catalán, de imprevisible sesgo electoral. Muchos son los problemas que acechan al orbe, pero al hombre de la Z hoy le preocupa bastante más el català emprenyat que el viaje de Pakistán al corazón de las tinieblas.