PERMÍTANME que comience esta pequeña disertación sobre Miguel Delibes hablando de un tema del que sé poco, y que se me escapa, y que soy yo mismo: un escritor que ha empeñado todos los años de su vida consciente a escribir, mal que bien, y que teme a estas alturas ya no saber hacer otra cosa; a escribir, además, en una lengua, el asturiano, que tiene un futuro incierto y sobre unos temas -la desaparición del campo asturiano, la cultura popular, entre otros- que en muchos salones están francamente desacreditados. Les comienzo hablando de esto por situarles y situarme: lo que significa ser de pueblo es algo que me ha interesado por la simple razón de que yo soy de pueblo, concretamente de Paniceiros en el concejo de Tineo, y desde ese margen del mundo yo he aprendido a razonar con la vida. Muchas veces me lo han preguntado. Periodistas, amigos, novias, incluso mi madre. El periodista en prácticas siempre tiene dispuesta esta pregunta después de decirte que no ha tenido tiempo de leerse tu libro: Y usted, ¿por qué escribe? El escritor, un poco cansado, contesta lo primero que se le ocurre: escribo para que me quieran más, escribo para que no se muera del todo lo que he visto, escribo porque me da la gana. A mí casi nunca me hacen esa pregunta. A mí, lo que me preguntan, con ojos casi desorbitados, es esto: Y usted, ¿porqué escribe en asturiano? Yo también contesto lo primero que se me pasa por la cabeza y explico mientras tanto muchas cosas de mí mismo. Si tengo el día combativo, cito a Ungaretti y digo que un escritor, antes que nada, ha de ser de un tiempo y de un país y que mi tiempo es éste y mi país es Asturias; que la lengua de mi entorno era y es el asturiano y que lo natural es que yo escriba en esa lengua. Pocas veces les convenzo con esos argumentos. Los más avispados, arriesgan: ¿pero el castellano, el español, no es su lengua? Y yo contesto: sí, el español es también mi lengua, tan mía como la otra, pero la otra es más mía por ser, entre otras cosas, la lengua familiar y la lengua de los pocos que van quedando, que suelen ser los más débiles. En una ocasión, por salirme de la tangente, contesté: escribo para que los de Sanfrichosu, que es el pueblo de al lado de Paniceiros, no se metan con los míos. Miren ustedes, creo que acerté, que escribo sólo por eso en asturiano y que el empeño mío de hacer razonar en mis ficciones a William Shakespeare o a Spinoza con cualquier vecino de mi lugar lleva implícito ese pecado de localismo, de cultura de campanario, de quien sabe, porque no puede ser de otra manera, que las culturas populares o nacionales no son más, si son cultura, que la realización de la cultura universal en un determinado territorio.
Yo tardé mi tiempo en llegar a estas conclusiones. He de confesar, ya que estoy aquí, que uno de los caminos secretos que me llevaron a esta conclusión fue la obra de Miguel Delibes, sus novelas, sus cuentos, sus precisas acotaciones de caza. Mi relación con la obra de Delibes fue difícil por razones absolutamente extraliterarias: Delibes fue el autor preferido de mi padre, José Bello, un gallego del Bierzo que descubrió, en aquellas estampas de las 'Historias de Castilla la Vieja' o en novelas como 'El disputado voto del señor Cayo', un retrato moral de su pueblo, de su generación, de una forma de estar en el mundo. Mi relación con la obra obra de Miguel Delibes tuvo en su contra esta predilección de mi padre y el hecho de que alguna de sus novelas fuesen lecturas obligatorias en el instituto. Lo leía en mi adolescencia, sí, pero con esa prevención que nos da esa rebeldía sin causa producida por procesos hormonales absolutamente desordenados. Mi padre me señalaba pasajes de su interés, volvía a ellos una y otra vez buscando pretextos de conversación conmigo. Con quince o dieciséis años, para alguien que ha nacido en Paniceiros, es mucho más atrayente la ciudad de Nueva York o los pasajes desesperados de Hermann Hesse que la descripción, precisa, de un pastor que se sube a un teso porque ha oído cantar la perdiz. Mi padre fue muy constante, y como fuese que yo no me podía negar a hablar de libros con él, me acostumbré a ir entrañando, como una voz familiar, los textos de Miguel Delibes.
Ya por aquel entonces me interesaba a mí la lengua asturiana y fui cayendo, para justificarme, en una neblinosa teoría nacionalista asturiana que hacía a los castellanos culpables de todos nuestros males; si el asturiano se hablaba cada día menos, y se imponía el castellano, era sin duda porque había un centro poderoso que enviaba legiones de maestros y guardias civiles (mi padre era guardia civil) a cambiar nuestras efes por las haches, de manera que poco a poco nos íbamos quedando en menos y nos íbamos muriendo un poco más. El castellano hablado en las calles de Oviedo, donde yo ya vivía, era una consecuencia más de la victoria del fascismo en la guerra civil. Mi pobre padre no daba crédito y me daba a leer 'La perdiz roja', a ver si espabilaba. Espabilé a mi pesar, que uno es muy terco, y fui descubriendo en lentas tardes de lectura, al abrigaño del María Moliner, el amor por la lengua y por la tierra. Digo bien: por la lengua y por la tierra, sin ningún adjetivo, que tal es el prodigio que propone en sus narraciones Miguel Delibes.
El amor por la lengua castellana, que sabe a pan del bueno, con sus laísmos y sus peculiaridades léxicas, despertó a en mí, poco a poco, ese amor por la lengua asturiana. Yo leía las descripción de unas lomas y unos alcores y descubría, en mi imaginación, la forma de describir los tesos de mi valle. Todos estamos entre dos mundos, entre uno que muere y otro que nace: creo que la poética de Hipólito Taine sigue siendo hoy válida para el escritor contemporáneo: anotar honestamente lo que se ve por la ventana de su casa. Descreo de la literatura que no tiene acento, que no viene marcada de alguna manera por un lugar, por una vivencia colectiva. Algo tienen los buenos libros de archivos vivos de la memoria, algo tienen de «documentos de civilización»; si yo leo hoy a Pumuk, por ejemplo, es porque quiero saber algo más de Turquía. Álvaro Cunqueiro me ha dado una dimensión exacta de Galicia. Josep Pla, andando por el mundo, me ha hecho en más de una ocasión preguntarme por el mundo a la manera catalá. Miguel Delibes describe en sus relatos una patria herida, erosionada, con unos límites muy precisos: los límites de un alma humana. Su comprensión de la naturaleza, me temo, quedará como un ejemplo de humanismo desusado. En las narraciones de Miguel Delibes la noche tiene la consistencia de la noche y la tormenta trae truenos y rayos reales. La tierra huele tras la lluvia y uno se siente, tantas veces, reconocido en ese desampararo de quien ha decidido, porque no le queda más remedio, coger el tren de la madrugada e irse para la ciudad. Creo que esa es la virtud de la literatura: preservar experiencias, aclarar cosas que ya habíamos descubierto en nuestra vida.
Escribo en asturiano porque he visto un mundo que se muere y quiero dar noticia de él. Yo no sé cuál es la función del arte: sé que tiene que ser útil; para mi padre, como para otros miles de lectores, las narraciones de Miguel Delibes les acompañaron en su desasosiego; a mí, me enseñaron ese camino que lleva dentro de uno si tiene entrañado el dolor de un paisaje. Miguel Delibes escribe de un mundo que se le escapa de las manos y que sin embargo perdura en cada palabra, en cada gesto. Uno tarda en comprender que ser de pueblo, en cualquier parte del mundo, es una cosa muy importante.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados