Al desvelar ayer Pasqual Maragall que hace ya un tiempo que había dejado de ser militante del PSC, muy probablemente el ex presidente de la Generalitat, lejos de querer buscarse un nuevo conflicto con sus compañeros socialistas, estaba simplemente poniendo un broche a su vida pública. Eso sí, como todo en su larga trayectoria política, las formas y el fondo han ido por caminos divergentes y lo hizo a su manera, sin atajos. Sin prever las consecuencias políticas del momento, porque es del todo evidente que Pasqual Maragall, en los sitios en los que ha estado, no ha sido nunca un político al uso. Ciertamente, tampoco lo ha pretendido y por ello se encontraba más cómodo en la estrategia de futuro que en la gestión del día a día. Oyendo ayer a Maragall era difícil no sentir una enorme simpatía por el personaje, humano y próximo como pocos. Tanto daba que la explicación de la llegada de Zapatero a la dirección del PSOE en el 2000 no pudiera soportar, en algún aspecto, un análisis profundo. Hace ya tiempo que en el PSC optaron por no entrar en una réplica permanente con el ex president. Su presencia fue clave para poder conformar el primer gobierno tripartito y acabar con 23 años de gobiernos de Convergència i Unió y si acabó siendo un problema para los dirigentes del socialismo catalán es del todo indiscutible que fue el imprescindible abrelatas para llegar a la Generalitat. Pero eso, en muchos aspectos, ya es historia. Como lo es también su gestión. Maragall es un ex president que recoge el cariño de sus conciudadanos por una etapa de servicio y en eso Catalunya se asemeja a otros países de nuestro entorno con una larga tradición democrática.
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