VICIOS DE LA CORTE

Por la tasca, el chigre, el frontón y el mercado van los candidatos dando besos a las fruteras y a los niños-bomba. Dicen pa-ta-ta y mueven los brazos como los americanos en las escalerillas del avión. Valle lo pronosticó a su manera: las provincias quieren incendiar Madrid, mientras todo el mundo está esperando el trueno gordo, como al final del melodrama. Lo que harán a partir de ahora está ensayado con los asesores de imagen; duermen con los publicitarios.

Creo que fue Jacques Séguèla, el que le afiló en las fotos los caninos a Mitterrand y le llevó al Elíseo con el eslogan la fuerza tranquila, el que dijo: «No digáis a mi madre que estoy en publicidad; ella cree que soy pianista en un burdel». En los burdeles y en los mercados, en los platós y en los púlpitos civiles, van a fregar sus espaldas los padres de patria. La campaña se va a centrar en dos hombres-marca: el yerno complaciente y el gastador de la bandera, asesorados por arquitectos de la imagen que les van a atormentar con las cámaras y los pilotos rojos. Les enseñarán a los candidatos los secretos de la imagen, pero ni Zapatero nos contará cuál es la marca de agua mineral que toma 'Ternera', ni Rajoy explicará con quién coño piensa formar gobierno si no saca mayoría absoluta. No es necesario, las campañas se basan en la ficción, son como las carretas de los cómicos, con el libreto de las encuestas, que son las fotocopias del pasado. La publicidad es como nuestra madre: sabe cómo somos, promete realizar nuestros sueños, nos sonríe, aunque sea un recurso de pícaros y de tenderos.

Y así, burla burlando, he llegado al cuerpo como spot y la sonrisa como espejuelo y argucia de Zapatero, que sale a la calle a cazar votos como una araña que saliera a cazar moscas. Se ha trasmutado en yogur. Dijo Juan Campmany, el creador del producto ZP en 2004, que no es lo mismo un yogur que un presidente. «Si compras un yogur animado por la publicidad y resulta un asco, lo tiras a la basura; pero si votas a un candidato y resulta un bluf, no es fácil desprenderse de él».

Zapatero cree que está más fresco y vigente que nunca y va de rojata, convencido de que las catástrofes que anunció la derecha no se consumaron. Piensa, como los simbolistas, que la melancolía carece de contenidos y que la sonrisa está relacionada con lo real. Pío Cabanillas, el flequillo del bigote, que tuvo la suerte de no seguir en política y así volver a la empresa privada (Endesa), dijo cuando surgió José Luis Rodríguez Zapatero y lo sacaba tanto en los telediarios para borrar la telegenia de Felipe González: «Es la historia de un sonrisa y nada más. Su sonrisa destila tranquilidad, no solvencia».

ZP sigue con la sonrisa-cocaloca, la sonrisa-dentífrico, pero ya con un toque de burla y malicia.

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