Fría, lejana, inaccesible UE

Dos circunstancias relacionadas con la Cumbre de Lisboa me han llamado muy en particular la atención.

La primera: que se congregara en la zona de la Expo, donde se reunían los presidentes y jefes de Gobierno, la manifestación de protesta más concurrida que ha vivido Lisboa en las últimas dos décadas. El contraste era tan escandaloso que cualquier comentario resultaba innecesario: de un lado, los mandamases de los Veintisiete, sonrientes, encantados de lo bien que les va todo cuando se ponen de acuerdo; del otro, la muchedumbre de trabajadores portugueses, hartos de los muchos males que les aquejan y de lo poco que hace la UE por solucionárselos.

La segunda circunstancia para mí especialmente llamativa: cuentan las crónicas que los jefes máximos de los Veintisiete mostraron su honda preocupación ante la posibilidad de que el premier británico, Gordon Brown, se vea forzado a convocar un referéndum que le permita ratificar o le obligue a rechazar el nuevo Tratado. La preocupación viene dada porque todos ellos creen muy probable que la población británica votara mayoritariamente en contra. Brown tuvo el detalle, tranquilizador para sus colegas, de asegurar que esa consulta no se realizará, es decir, que se prepara para obrar prescindiendo de los deseos mayoritarios de su pueblo.

La actitud de Brown puede parecer particularmente cínica, y cínica sí que lo es, pero no particularmente. Sus homólogos continentales tienen tan pocos deseos de someter el asunto a votación popular como él mismo. Para evitar ese peligro, han recurrido a diversas argucias jurídicas que permitirán a algunos Gobiernos vadear los imperativos constitucionales que tantos problemas les causaron cuando quisieron sacar adelante la abortada Constitución Europea.

No parece nada exagerado afirmar, a la vista de cómo están las cosas, que los gobernantes europeos tienen miedo de sus propios pueblos.

Es una situación que se han ganado a pulso, conformando unas estructuras de poder que la ciudadanía del Viejo Continente percibe como frías, lejanas e inaccesibles. Una percepción bastante razonable porque, en muy buena medida, son exactamente así.

[Aparecido en Público el 20/X/2007, en la sección El dedo en la llaga]

Coda

Me preguntan cómo pude escribir ayer lo que escribí sobre el suplemento Babelia, de El País, y sobre su ex responsable, habiendo estado yo tantos años trabajando para El Mundo.

No es que el asunto sea apasionante pero, como no es la primera vez que me lo sacan a relucir y tampoco quisiera dar la callada por respuesta, contesto. Brevemente y por puntos.

1º) En el mismo momento en el que Aznar ganó las elecciones, comuniqué al director de El Mundo mi deseo de abandonar la jefatura de la sección de Opinión y ser destinado a otros cometidos. Más que nada, porque me veía venir la que luego vino. Me pidieron que esperara algún tiempo, para preparar un relevo adecuado. Lo acepté, pero solicitando que se me permitiera no escribir aquellos editoriales cuyas tesis me suscitaran un mayor desacuerdo, a lo que la dirección accedió.

2º) Pese a ello, y aunque figurara en el staff del periódico como subdirector y responsable de la Sección de Opinión, dediqué muchas –muchísimas– de mis dos columnas semanales a refutar las ideas más características de la línea editorial cada vez más pro-PP exhibida por el periódico. Seguí haciéndolo de manera sistemática hasta que, ya harto de que la Dirección no me asignara otras funciones, pedí una excedencia y abandoné la Redacción, aunque seguí escribiendo mis columnas. Al acabar la excedencia, negocié mi abandono definitivo de la plantilla del diario, quedando ya como mero colaborador externo.

3º) La Dirección de El Mundo nunca me presionó para que callara o dulcificara mis opiniones políticas. En los 18 años que ejercí de columnista para ese periódico –unas 2.000 columnas, en total–, sólo me objetó el contenido de una, que no se refería a ningún político, sino a un banquero. (Ahora que ya no trabajo allí puedo reconocer que, además, aquel incidente fue en buena medida culpa mía. Quizá alguna vez lo explique.)

En conjunto, y por resumir: lo mío no tiene comparación posible con lo de la ex responsable de Babelia, que jamás ha manifestado públicamente divergencia alguna con la línea de El País y que ha aguantado en ese periódico hasta que la han despedido.

La cuestión no es que ella y yo no nos parezcamos. Cualquiera sabe; quizá sí. La cuestión es que en El País impera un monolitismo político-ideológico del copón de la baraja. Sólo los que dibujan (El Roto y Máximo, sobre todo) osan de vez en cuando salirse de la fila. En El Mundo también se las traen, pero siempre ha sido algo más caótico (cosa nada difícil, todo sea dicho).

No insistiré ni en la utilización que ellos hacían de mi disidencia ni en el beneficio que yo obtenía de que les viniera bien tener algún hereje perdido entre tanto acólito. De eso ya he escrito en anteriores ocasiones y no vale la pena insistir más: saltaba a la vista.