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Marta se defendió sola. Llegó al juicio vestida con el traje sastre de los madrugones y sin rímel en las pestañas porque la llorera le había lavado la cara. Se enfrentaba a un nuevo pleito, último regalo de su ex marido, un alto funcionario del Estado que durante dos años fue el hombre de su vida. Marta no quiere más abogados y así se lo dijo al juez: «Si he de pagar abogados, tendré que prostituirme». Está al límite de sus fuerzas, pero sabe que él no cesará en su empeño. «Te voy a machacar a pleitos», amenazó cuando Marta huyó del hogar conyugal, despavorida.

Era brillante, seductor, rico. También un poco raro, pero en ninguna parte está escrito que una mujer no pueda enamorarse de un hombre raro. Se casaron en régimen de separación de bienes, aunque Marta no tenía nada que separar. Con la misma frialdad con la que distribuyó los gastos (a Marta, que trabajaba en un banco, le tocaba pagar el sueldo de la chica y la cesta de la compra), organizó el reparto de responsabilidades domésticas. Lo supervisaba todo escrupulosamente: los gastos de ella (exigía comprobante), los armarios, la nevera. Sobre todo, la nevera. De entonces le ha quedado a Marta la obsesión por ordenar los yogures según la fecha de caducidad. En primera línea, los más viejos, detrás, los más nuevos. Todavía hoy se despierta sobresaltada ordenando yogures. A los pocos meses empezó a revelar su agresividad. Una y otra vez le decía que era tonta y tenía que dar gracias por estar casada con él. Tantas veces lo dijo que Marta llegó a creérselo.

Las cosas se precipitaron al llegar los hijos: uno, dos y tres. Fue entonces cuando decidió eliminarla de la escena. Contrató au pairs alemanas para cuidar de los niños y a ella le prohibió que almorzara con ellos porque era tonta y no sabía alemán. Relegada cual cenicienta a la cocina, la sometía a exámenes que él denominaba «control de ingesta» (examen de calorías de los alimentos). Después de las humillaciones vinieron los malos tratos. Estuvo paralizada por el pánico hasta que lo denunció y huyó a casa de sus padres. Aquel día empezó otra pesadilla.

Hoy, Marta gana 1.400 euros y ve a sus hijos los martes y los jueves, después del colegio y si sus obligaciones escolares no lo impiden (están rodeados de profesores particulares: reciben clases de alemán, inglés, matemáticas japonesas, etcétera). Su marido puede pagarlo, aunque los chanchullos y las sociedades en Luxemburgo le han permitido declararse insolvente ante la justicia. Marta paga 60 euros por la manutención de cada niño y el 30% de los gastos médicos y las ortodoncias. Uno de ellos, además, es epiléptico y requiere tratamiento especial.

«Te voy a machacar a pleitos», le había dicho. Ya lleva 20. Ha burlado las órdenes de alejamiento (mandó a un empleado a pegarle) y ha falsificado un acta notarial. Espeluznante.

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