EL RUNRÚN
En el mundo literario reina un intenso afán de polémica. Lo decía Monzó en su discurso de Frankfurt, y es precisamente su posicionamiento en favor de la ambigüedad (mucho más que el hecho de recurrir a contar un cuento), lo que hizo de su discurso un texto eminentemente literario. Porque si por algo se caracteriza la literatura es por ser el terreno de la duda y de los matices, no el del blanco y negro. Sorprende, pues, que los opinadores pertenecientes a este universo seamos tan propensos al maximalismo bipolar. En un somero balance de lo que se ha dicho sobre la feria, vemos u oímos que hay tantas opiniones radicales que afirman que ha supuesto un avance sin precedentes, como opiniones (también radicales, aunque menos conspicuas) que afirman que ha sido una oportunidad perdida. Hay tantas opiniones que acusan a los autores en castellano de insolidarios por su ausencia como opiniones que aseguran que es un detalle de magnanimidad por su parte no haber aceptado la invitación. Hay tantos opinadores que critican duramente la gestión del IRL como opinadores que la elogian (aunque bien pocos pueden cuestionar la eficacia de sus currantes, que se han desvivido por que las cosas salieran bien). Unos sostienen que la exposición del país invitado era estupenda, otros afirman lo contrario. Estos últimos lo afirman también por motivos opuestos: unos la han encontrado demasiado hermética, cerrada sobre sí misma, arrinconada y poco interactiva. Otros la han considerado un despliegue aparatoso impropio de un país invitado y nos acusan de falta de humildad.
A cada maxiopinión le ha correspondido su opuesto. Y por si aún no teníamos bastante, esta semana ha proseguido la polémica, desencadenada por un artículo de Nuria Amat lamentando que los escritores en castellano hayan quedado excluidos.
Así las cosas, llega un momento en que la polémica se hace tan aburrida (por carente de fundamento o por repetitiva), que acaba por resultar más divertido un punto de consenso, aunque sea minúsculo. Y pese a que tal punto es un tesoro difícil de hallar, ¡lo he encontrado! Y es el siguiente: todos parecemos estar de acuerdo en que los políticos resultaban demasiado visibles.
Creo que esta impresión se debe sobre todo a que los consellers y ex consellers iban tan vestidos de políticos (en lugar de, por ejemplo, haberse disfrazado de trovadores o de conserjes para pasar inadvertidos), que asustaban un poco. Asimismo su inconfundible propensión a dar la mano al ciudadano de a pie hizo que más de un visitante pasara de largo sin atreverse a entrar a la exposición. Es como si todos los escritores hubiéramos decidido hacer poses de escritores y vestirnos de ídem, con negros jerséis de lana raídos y gabardinas existencialistas. Pero no, nosotros tenemos en nómina escritores muy diversos. Hay escritoras modelo existencialista, sí, pero también otras que parecen patinadoras sobre hielo o arqueólogas. Tenemos escritores con pinta sesuda, sí, pero también otros que parecen gángsters o domadores.
En fin, lo interesante es que haya variedad en los gestos, actitudes e indumentarias. Si no, como sucedió con los consellers, se produce esa sensación de agobio que causan las personas de la misma edad, profesión o clase social cuando se juntan en grandes masas homogéneas. Desde aquí sugiero que, cuando vuelvan a desembarcar en una feria, se diluyan estratégicamente para no hacerse notar como colectivo, algo que también se consigue exhibiendo algún detalle personalizado que los singularice como individuos: una caída de párpados, un gracioso mohín, una mochilita a la espalda, yo qué sé, cada uno tendrá su especialidad. Claro que de nuevo nos dividiríamos entre los partidarios de romper la homogeneidad y los que pensarían que es una bufonada inadmisible. Pero, al menos, romper el consenso habría merecido la pena.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados