Perdónenme que insista –fue el tema de mi artículo de ayer-, pero es que dos días después sigo sin salir de mi asombro ante semejante ejercicio de superficialidad –prometo ya no hacer más bromas con la ‘z’ en beneficio de la calidad de nuestro idioma- y buen rollito conque nos obsequiaron Rodríguez y su lugarteniente Pepiño el pasado jueves. Cada vez que lo veo me produce más vergüenza ajena... Lo peor de todo es que gracias a herramientas como Youtube el video se verá en España y más allá de nuestras fronteras, con lo que si nuestro presidente ya provocaba cierta hilaridad en las reuniones internacionales a las que asiste, que por suerte son pocas, ahora va a desencajar mandíbulas. Digo que me produce vergüenza... De verlo mucho puede acabar siendo perjudicial para la salud ya que de la vergüenza se puede pasar a una incontrolable basca.

No es, sin embargo, baladí que hoy les vuelva a recordar el video de marras y la campaña analfabeta del PSOE. Ese mismo jueves en el que Blanco, cual showman de tres al cuarto, se asomaba impertinente a inquietar la paz de los hogares españoles esgrimiendo la ‘z’ como arma arrojadiza, desayunábamos en El Confidencial con Albert Rivera, presidente de Ciutadans o Ciudadanos –que ellos no tienen tanto problema como José Luis Pérez Carod en castellanizar su nombre, y Albert asegura que le importa un comino que le llamen Alberto-, un soplo de aire fresco a las puertas de esta democracia que nació, precisamente, queriendo ser una democracia de ciudadanos y ha acabado siendo una democracia partidaria tan sumamente sometida a la disciplina de las siglas que es incapaz de reaccionar a la monumental tomadura de pelo del presidente del Gobierno de la Nación.

Una cosa es que un presidente se ría de sí mismo –y con cierta prudencia-, y otra bien distinta que se ría de su país y de sus conciudadanos. Gracias a Dios Rodríguez no es Chávez –aunque quisiera- y todavía existen esperanzas de regeneración en esta democracia malherida por culpa de presidentes que se olvidaron de sus promesas o prometieron lo que no podían cumplir o, como éste, hicieron todo lo contrario de lo que prometieron. Existe esa esperanza asentada en ciudadanos, esta vez con minúscula, que todavía tienen fe en la naturaleza poderosa de la sociedad civil y en la fuerza arrolladora de la libertad. De lo que estaban faltos era de un referente político que acomodara sus exigencias y encauzara sus esperanzas. Les seré sincero, porque debo hacerlo, y aclararé antes que entre mi convicción profundamente liberal y el fundamento social-liberal en que han anclado sus principios Ciudadanos y esa otra formación nacida de la deserción de Rosa Díez del PSOE, hay diferencias notables. Pero no por ello deja de resultar atractivo el mensaje y, sobre todo, la frescura con la que se divulga.

Rivera habla sin complejo alguno. Dice lo que piensa –y piensa lo que dice, que no siempre ocurre, como en el caso de Rodríguez-, y no tiene reparo alguno en cantar las verdades del barquero, tales como que el nacionalismo es antidemocrático por su propia concepción de la convivencia, o que esta democracia necesita una profunda regeneración que pasa por reformar la Constitución y la Ley Electoral, no solo para subir un par de puntos el porcentaje que asegura la representación parlamentaria, como propone el PP, sino para instaurar un sistema de listas abiertas, limitar los mandatos a ocho años y llevar la democracia a las estructuras de los partidos. Rivera dice, sin tapujos, que hay que cerrar el modelo de Estado y delimitar definitivamente las competencias de cada administración y, por supuesto, rechaza de plano cualquier tipo de consulta popular dirigida a romper la unidad de la Nación. ¿Se puede no estar de acuerdo con todo esto? Me consta que en el PSOE hay mucha gente que lo suscribe de la ‘a’ a la ‘z’ de zapatero remendón, pero que también hay otra mucha que lo rechaza de plano. En el PP, sin embargo, no habría rechazo alguno a tales propuestas, pero sabiéndose alternativa de Gobierno, nuestra derecha se muestra acomplejada e incapaz de utilizar ese lenguaje directo y contundente tan necesario y navega en las aguas de la ambigüedad, quizás porque piensa que pueda necesitar los votos del nacionalismo moderado para ejercer el poder.

Y es que al final, inevitablemente, los propios partidos pervierten el sistema. Hace unos días un alto cargo del PP me explicaba que si Rajoy obtiene más escaños que Rodríguez no tendrá problemas para gobernar aunque no llegue a la mayoría absoluta, puesto que CiU se verá abocada a apoyarle si quiere seguir teniendo algún resorte de poder que le permita recibir, cito textualmente, “a los del cava en algún despacho donde se vean obligados a extender un talón”. En el momento sonreí, pero luego caí en la cuenta de la gravedad de tal frase, porque implica aceptar, por necesidades de poder, la corrupción del sistema, y el reconocimiento implícito de que los partidos nacionalistas actúan como lobbys cuyas sedes son, en realidad, sucursales financieras del partido cuyo único fin es el de recaudar fondos para la causa. Y eso en el caso del nacionalismo moderado, que lo es no por convicción, sino por conveniencia económica. Porque en el nacionalismo radical ocurre tres cuartos de lo mismo –cuando no recaudan por la vía del chantaje y la extorsión-, pero además se une la amenaza constante al Estado y a la convivencia.

Lo terrible es que durante todo este tiempo los partidos nacionales, es decir, el PSOE y el PP, han estado sometidos a ese chantaje terrible de los votos a cambio de poder económico. A ese chantaje sometió Pujol a González y a Aznar, y a ese chantaje han sometido Carod, Mas, Ibarretxe y compañía a Rodríguez –aunque éste parece encantado de haberse conocido y se mira cada mañana al espejo diciendo “que guapo soy”-. La alternativa de Ciudadanos en unión, seguramente, de la UPD de Díez y Savater, puede significar el final de este ciclo de perversión del sistema. Si lograran sumar los suficientes votos para evitar que los partidos mayoritarios se tengan que echar en brazos del mal, les puedo asegurar que en este país empezaríamos a ver las cosas de otra manera, y probablemente en poco tiempo nos daríamos cuenta del mucho daño que han hecho a la democracia y al Estado los nacionalismos periféricos y su manera de instrumentalizar el poder en provecho propio. Y la regeneración democrática dejaría de ser una utopía irrealizable. Mientas tanto, sigan disfrutando –con la nariz tapada- del primer capítulo de esa serie de humor que nos anuncia Producciones Ferraz.