Formidable impacto de las entrevistas populares a Josep Antoni Duran Lleida y a Josep Lluís Carod-Rovira (con su minuto de oro de 5,2 millones de espectadores). Sin duda, las respuestas de Duran, este impecable profesional, agradaron más que las de Carod. Pero sorprendieron menos. El líder democristiano es una voz política muy modulada, además de icono habitual en las entrevistas políticas de las cadenas que emiten desde Madrid. El controvertido líder republicano, en cambio, maravilló. En el sentido medieval del término: provocó estupor, admiración, irritación o sorpresa.
Carod es muy conocido en España: se habla mucho de él. Pero en realidad es un perfecto desconocido: casi nunca aparece con voz propia. Llegó a Televisión Española investido de caricatura nacional. Para algunos locutores es algo así como el gran Satán, el perro ladrador, el incordio máximo. Y así lo han interiorizado muchos españoles que, sin embargo, desconocían hasta ayer la música y la letra de sus argumentos.
No decepcionó, Carod, en su intervención. Tenso, ducho y sagaz; corajudo y, a la vez, encantado de haberse conocido (la vanidad es su talón de Aquiles), aprovechó muy bien Carod la oportunidad de propagar sus posiciones. Con claridad conceptual y habilidad retórica. Pero desaprovechó la ocasión de ganar también la batalla de la seducción, que no depende de los argumentos, sino de la inteligencia emocional. No acabó de comprender la gracia de estas entrevistas populares.
Es la gente de la calle, con sus prejuicios, sí, pero también con su candidez, la que pregunta; y no periodistas más o menos resabiados. Le faltó entender que la capacidad de empatizar con los interlocutores concede mayores triunfos que la fuerza argumental.
El programa demostró algo que ya sabíamos, pero que de repente adquirió el magnetismo de una verdad revelada: los ciudadanos contemporáneos ya no habitamos en territorios físicos. Nuestro principal paisaje ya no es el que nos rodea, el que pisamos cuando salimos de casa hacia el trabajo. Sino el paisaje de nuestra televisión favorita.
Nuestro entorno humano ya no lo forman nuestros vecinos. Sino los vecinos mediáticos con los que conectamos cada día a través de la ventana siempre abierta del televisor. En España existen diversas patrias virtuales. En mi escalera de vecinos, por ejemplo, la dominante es la patria de TV3, aunque algunos viven siempre en la patria de Tele5 (que es la misma de TV1, Antena 3 o Canal 4). Uno de nuestros vecinos, por otra parte, vive en una patria territorialmente lejana: la de Al Yazira.
Todo depende del color del canal que contemplamos. La España plural será siempre una expresión retórica, si no aparece un canal masivo en el que la pluralidad tenga presencia. No rara y morbosa, como la de la entrevista a Carod-Rovira, sino natural, regular, cotidiana.

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