Me sorprende el expectante interés suscitado en Catalunya por nuestra presencia en Frankfurt, desde que he vuelto de allí decenas de personas me interpelan en la calle, en el tren, en oficinas, preguntándome y felicitándome por lo acontecido allí. Y menos debido a los hechos concretos que a una ancha satisfacción de haberse visto triunfar o ser tenidos en cuenta como catalanes, un orgullo nacional precisamente por ser internacional. Con su lengua, su literatura, elementos esenciales en su vida situados a un nivel parejo al de los demás pueblos.

Mientras, en España incluso se sienten objeto de marginación u hostilidad, también me lo comentan. Vale la pena que digamos la verdad. Y cuando Rajoy y tantos otros hablan con énfasis de su españolidad, dudo que entiendan que si ésta consiste en una imposición sobre otras identidades, suscita muchos rechazos y asco. Los problemas de fondo del embrollo hispano son menos políticos que de dignidad. A la Generalitat hay que agradecerle, pues, el esfuerzo exportador que ha hecho, y al Institut Ramon Llull su vasta y compleja labor para definir el proyecto y que funcionara. Obviamente impulsando a la par nuestro libro, sus contenidos e industria. Al fin, la opción que se hizo de convertir la invitación de Frankfurt en una manifestación multitudinaria y pluriforme, ha resultado, el conseller de Cultura me lo razonó con tino y convicción. Aunque pudiera haber habido otro proyecto, que a mí acaso me hubiera interesado más: acentuar la singularidad y la excelencia en lugar de la cantidad y el testimonialismo. Y, en cualquier caso, alcanzar la normalidad: que contemos en el día a día global allende fronteras, lejos de complejos de inferioridad y de milagrerías redentoras, al fin provincianismo.

Y alguna gente ha creído, también, que yo debería haber pronunciado un discurso de clausura más explícitamente catalanista. Pero ya lo habían hecho, y muy bien, en la inauguración de la feria el president Montilla y Quim Monzó, que cantaron cada uno en su estilo las virtudes milenarias y culturales de Catalunya. Yo preferí, partiendo implícitamente de ahí, situarme en el mundo general de las ideas, de la civilización, de la creación estética, entremezclando naciones y atendiendo a pasiones. Y ambas posiciones se complementan.

Aunque temía que mis referencias a favor del politeísmo en todos los órdenes, de los derechos humanos y de los pueblos y lenguas, suscitarían alguna tensión. Carles Torner, del Ramon Llull, me lo estuvo comentando, y nos sentimos reconfortados cuando el ministro turco se me acercó varias veces para expresarme su acuerdo. Ser catalanes significa también ser ciudadanos del mundo candente, pertenecer a la gran historia de la cultura, y actuar en voz alta en sus escenarios. Qué muermos ser catalanes sólo para volcarse en el negociete interno y en el pleito localista español. Y ahora a Venecia, sin que importe uno u otro error; no seamos ridículos, quien camina, resbala.