E L RUNRÚN
Por favor, dejen de hacer vídeos. No hagan ninguno más. Abandonen esa idea. Tampoco quemen más banderas. No conduce a nada. Y provoca ganas de hacer vídeos. Tengan en cuenta que algunos no sentimos nada por las banderas. Podemos estar un rato mirando fijamente una bandera y no notamos absolutamente nada. Entonces tampoco sentimos nada si las queman. Nos es completamente indiferente. Podría preocuparnos que ardiese alguna cortina que hubiera al lado y se produjera algún desperfecto, podría molestarnos el humo si estamos cerca, y desde luego preferimos que no pasen cosas que hieran la sensibilidad de nadie. Pero, en realidad, nos da igual. Tampoco nos importa que no las quemen. No sentimos nada si no las queman. Tanto si las queman como si no, nos quedamos igual. Es que no pensamos en ellas. Las miramos y vemos telas de colores. Como cometas o cosas así. Menos que cometas. Pañuelos. Las banderas nos parecen del género del pañuelo. Pero cuando Rajoy nos pide que hagamos un gesto que muestre lo que guarda nuestro corazón, empezamos a notar algo. No es exactamente un escalofrío, es más leve. Pero sí que se nos pone como una cosa en el cuerpo, del género de la vergüenza. Al ver como a Rajoy se le va el ojillo explicándonos sus impresiones y sus cosas, cada vez que mueve una ceja mientras nos incluye en sus planes de celebración, nos sentimos raros.
Les ha dado por el simbolismo, es posible que tengan superada la realidad. Estamos ante un ataque de culto al símbolo. Del culto, pasamos al gesto. El gesto que nos pidió Rajoy. Pensábamos si, por ejemplo, dar una palmada. O hacer un baile con la bandera en la cabeza y después dar dos saltos con los pies juntos. ¿El gesto se tenía que hacer con las manos? ¿Tenía que ser espontáneo, o valía traerlo pensado de casa? Es que no lo explica muy bien. ¿Valía, por ejemplo, sacar una maceta al balcón? ¿Ponerse ropa interior de color rojo? Hay tantos gestos, señor Rajoy, no debería haber dejado la cosa tan abierta. Confía usted demasiado en nuestra creatividad.
Mire, algunos no nos sentimos orgullosos de ser españoles.
Así que se equivoca usted con eso de que sabe usted que todos los españoles se sienten orgullosos de serlo. A algunos, de corazón, nos da igual ser españoles, chinos, aragoneses o valencianos. Es que depende del sitio en el que se haya nacido y, a eso, no le hemos acabado de encontrar el intríngulis. En unos sitios se habla un idioma, en otros otro, unos sitios nos parecen bellos, otros no tanto. Pensamos sólo en ese tipo de cosas. La palabra orgullo, además, nos sobresalta; quizás por sus reminiscencias épicas, y por su sonoridad, como de vocablo enroscado que se devora a sí mismo.
Tenga en cuenta que algunos no somos ni monárquicos ni nacionalistas. No poseemos esos sentimientos, qué le vamos a hacer. Nos parece lo mismo ser nacionalista español, vasco, gallego o catalán, de la misma manera que carecemos de sentimientos religiosos de cualquier índole. Si a un trozo de tierra quieren llamarlo de una manera, nos parece bien, y si quieren llamarlo de otra, pues lo mismo da. Para ser sinceros, lo de las naciones nos parecen trifulcas de repartos económicos. Más dinero aquí, más dinero allá, y que nadie se lleve de lo nuestro. Después está la diversidad cultural y la identidad de cada nación, de cada ciudad, de cada pueblo, y si nos apuran, de cada casa y de cada dormitorio.
Vimos un poco el desfile en televisión. La bandera paracaídas, la bandera de humo de colores, la bandera de mil maneras. Pero sobre todo estuvimos muy pendientes de lo del gesto. Hubo alguno. Insultos, por ejemplo. Silbidos. ¿Eran esos los gestos a los que se refería usted? A otros, embrutecidos por asuntos más terrenales, no se nos ocurrió nada para la ocasión. Algunos, para estas cosas, tenemos seco el corazón.

Estoy de acuerdo en que en el fondo las banderas y las fronteras solo son dibujitos sin importancia. Esta es una verdad que no se debe perder de vista sobre todo ante las actitudes que adoptan algunos políticos.
Realmente Rajoy aparecía ridículo, porque además el sabía perfectamente que está engañando y manipulando a la gente.
Pero tampoco debemos perder de vista la utilidad de la política. De la buena política y de los buenos políticos, que cuando aparecen a veces no sabemos reconocerlos y valorarlos.