El perfil y los equilibrios que revele la nueva composición del buró político y, sobre todo, del comité permanente que salga elegido del XVII congreso del Partido Comunista chino que actualmente se celebra en Pekín tendrán una gran importancia de cara al futuro inmediato.

El presidente Hu Jintao ha sido y es el último líder que ha contado con el beneplácito de una de las grandes figuras de la revolución, Deng Xiaoping. Su voluntad fue respetada por Jiang Zemin aun cuando Deng, en el momento de celebrarse el XVI congreso (en el año 2002), ya había muerto y cuando la base de poder que había tejido en los casi tres lustros que gobernó China (a partir de 1989), le podían permitir un desaire evidente, aunque no exento de conflicto.

La autoridad de Deng, como la de los viejos revolucionarios, sin ejercer desde hacía años poder formal alguno, no admitía debate y su palabra establecía límites claros a las luchas internas, aunque no pudo impedir a posteriori que su elegido fuese encorsetado por los allegados a Jiang.

Pero esas figuras políticas ya no existen en la China de hoy y la identidad de los sucesores dependerá en exclusiva de los juegos de poder y su resultado, y de la propia capacidad de los actuales líderes para consensuar un modus operandi aceptable.

La próxima generación, la que suceda al presidente Hu Jintao si, como parece, revalida su mandato en este congreso, será una generación huérfana de autoridad y sin otra legitimidad que la proporcionada por la habilidad palaciana. No será ésta una frontera fácil de atravesar. Hu Jintao lo sabe y por eso libra una dura batalla para disponer de la capacidad de maniobra suficiente a fin de promover a sus adeptos en los puestos clave.

Pero el actual jefe del Estado también se ha cuidado de promover una cierta cosmética democrática que sin admitir un pluralismo que pudiera abrir paso a la alternancia, contempla nuevas formas de legitimación de las autoridades que podrían, llegado el caso, alcanzar incluso al propio presidente del país. Sería un modo de reforzar la autoridad de quien ejerce el poder, cuando la legitimidad revolucionaria se ha disipado por completo en lo subjetivo, y de protegerle frente a las intrigas que, en tiempos pasados, han cristalizado en agudas luchas y experiencias a menudo trágicas.

Quizás por ello, Hu Jintao también juega la carta de promover una mayor apertura del poder a otros segmentos independientes no sólo pensando en aprovechar sus habilidades en puestos de relevancia, sino convencido de la necesidad de incrementar los contrapesos en aras de proveer una mayor estabilidad, sin cuestionar en modo alguno el papel dirigente del Partido Comunista chino.

X. RÍOS, director del Observatorio de la Política China (Casa Asia-Igadi).