Segundo viernes de octubre. Como cada año, todo se prepara en la capital marroquí para que el monarca alauí se desplace en un descapotable, saludando con una sonrisa forzada a un reducido grupo de ciudadanos que previamente han sido trasladados desde diferentes puntos del país en autobuses gratuitos.
La ceremonia se repite con los nervios de que nada puede fallar, que Mohamed VI, que es tratado como un semi Dios por sus súbditos y sirvientes, no encontrará nada a faltar.
Los diputados, vestidos con impecables garabiyas blancas, cubiertos por elaboradas túnicas también de color claro, con las babuchas [zapatos tradicionales planos que terminan en forma de punta] amarillos o blancos y tocados por un fez rojo, se desplazan con calma hasta la entrada trasera del Parlamento en el que se saludan mientras hacen cola para pasar el estricto control de seguridad.
No están permitidos los bolsos, ni los móviles, deben ir lo más ligeros posibles, con la única intención de escuchar las palabras del soberano marroquí, esas primeras directrices en las que los miembros de la Cámara Baja deberán basar el trabajo del nuevo curso político.
Algunos llegan en coche y en dirección contraria, como el presidente saliente del Parlamento, Abdelwahaed Radi, que pasa a ocupar la cartera de Justica. Otros comparten un impecable coche Mercedes. Y todos comentan la lista con los nuevos ministros, ministros delegados y secretario de Estado. No hay muchas sorpresas ni demasiado interés por la nueva composición de Gobierno.
En un país donde el monarca reina y gobierna, y tanto el Ejecutivo como las principales instituciones públicas se limitan a dar cuentas a Sidna [nuestro Señor], la importancia de la composición de Gobierno se relativiza. Parece más una quiniela que la elección meditada de los que mejor pueden llevar a cabo las necesarias reformas que precisa el país.
Pero volviendo a la solemne ceremonia de apertura de la sesión parlamentaria, con un cuarto de hora de retraso, Mohamed VI apareció en la principal avenida de Rabat. Descendió con cuidado del coche, saludó a los que agitaban fotografías suyas y la bandera del país y pisó con brío la alfombra roja para acceder al balcón del Parlamento y volver a saludar. En esta ocasión las cámaras de la televisión pública marroquí acercaron la imagen para que no pudiera verse que dos o tres filas más allá de las fallas la gente seguía haciendo su vida normal, paseando, comprando el periódico o desplazándose hacia algún lugar. La presencia del rey en el exterior de sus palacios tiene cada vez menos repercusión social, al margen de los preparativos oficiales para la ocasión.
Poco después, los 325 diputados del Parlamento se ponen en pie y aplauden la entrada del monarca alauí en el hemiciclo. Se sientan y desde un lado de la tribuna un hombre canta unos versículos de El Corán antes de que Mohamed VI tome la palabra y comience su discurso.
Después de pronunciar las dos primeras frases el Parlamento se queda a oscuras. Silencio absoluto durante unos largos segundos en los que se percibe cierto movimiento en la tribuna. Las luces de emergencia se encienden muy lentamente, apenas se diferencia el rostro de los diputados pero el rey se encuentra sentado en el sillón presidencial y dirigiéndose al a la persona que recitó El Corán, le pide que siga haciéndolo hasta que vuelva la luz.
Los rostros de los políticos reflejan la angustia del momento, la anécdota no forma parte del pensamiento de nadie durante los diez minutos que le cuesta al Parlamento recuperar su iluminación habitual.
Mohamed VI observa con el semblante muy serio. Radi, el presidente saliente de la Cámara Baja, no levanta la mirada de sus manos consciente de que él es el principal responsable de lo ocurrido.
Nadie se atreve a pronunciar una palabra, las miradas se cruzan interrogándose con pequeños gestos, sin perder de vista al monarca alauí que, una vez pasado el susto, parece disfrutar de su situación de superioridad permitiendo a sus súbditos políticos que le contemplen durante unos minutos más de los previstos.

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