Siete años después de la fallida cumbre de Camp David del año 2000, (Bill Clinton, Ehud Barak y Yasir Arafat), otro presidente norteamericano, George W. Bush, convoca una cumbre internacional para dar nueva vida al agónico proceso de paz palestino-israelí. Las opiniones sobre las motivaciones de Bush para sacar de la somnolencia en que estaba sumida su diplomacia durante la mayor parte de su gestión en el conflicto palestino-israelí están divididas. ¿Una tentativa para compensar la interminable pesadilla de Iraq y alcanzar algún éxito en una región en la que su diplomacia sumó un fracaso tras otro? ¿La fiesta de despedida de Bush? ¿Una foto de relumbrón?

La conferencia, que tendrá lugar en Annapolis, debería sentar las bases para encauzar la dinámica de paz palestino-israelí creada por el violento putsch de los fundamentalistas de Hamas en Gaza, que ha dividido profundamente a los palestinos, a la vez que permitió la reanudación del diálogo entre el presidente palestino, Mahmud Abas, y el primer ministro israelí, Ehud Olmert, así como el levantamiento del boicot internacional a la Autoridad Nacional Palestina.

Las expectativas creadas por el anuncio de una "conferencia de paz" han obligado a ambos líderes a esforzarse para lograr resultados concretos. En su último encuentro acordaron consensuar un documento conjunto de cara a la conferencia. ¿Qué puede esperarse? No mucho más que la "ambigüedad constructiva" con que en el pasado Henry Kissinger consiguió acuerdos que permitieran a las partes interpretarlos a su manera. Un texto común no podrá ir más allá de un neutro compromiso "para alcanzar un acuerdo definitivo", que deberá ser lo suficientemente ambiguo para obviar obstáculos insalvables pero que permita poder avanzar.

Será difícil llegar a un acuerdo. La brecha entre las posturas es demasiado amplia. Los palestinos exigen la inclusión de objetivos concretos y un calendario para su implementación. Pero la parte israelí sentencia de modo inequívoco que "antes, los palestinos deberán construir sus instituciones de gobierno, combatir el terrorismo y asumir la responsabilidad por lo que ocurre en su territorio". En lo que concuerdan es que el objetivo debería ser "comenzar inmediatamente después las negociaciones para un acuerdo permanente" en las líneas del plan de paz del Cuarteto (EE. UU., UE, ONU y Rusia), la laberíntica hoja de ruta, que hasta hoy sólo condujo a callejones sin salida.

Las diferencias entre israelíes y palestinos son tan sustanciales que podrían conducir al fracaso de la conferencia. De ahí que la principal mediadora, la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, trate de minimizar expectativas y reducir la brecha entre las partes, para lo que esta semana (acaba de llegar a la zona por octava vez desde octubre pasado) mantiene una serie de entrevistas con Olmert, Abas y los líderes de Egipto y Jordania. La segunda intifada,recordemos, estalló tras el estrepitoso fracaso de la cumbre de Camp David del 2000.

Las noticias de que Al Fatah y Hamas podrían reanudar su diálogo han creado tensión en el Gobierno israelí, que declara inequívocamente que Hamas está "fuera de juego" mientras se niegue a reconocer y negociar con Israel. Hamas está firmemente decidido a sabotear las negociaciones. Para Israel, la Gaza de Hamas es una "entidad hostil".

Las partes son conscientes de las dificultades que tendrán para que los respectivos públicos acepten un acuerdo que implique concesiones de peso. Las ataduras políticas de Olmert (incluso en su coalición gubernamental, donde dos de sus partidos integrantes amenazan con la caída del Gobierno en el caso de que se traten las cuestiones clave) y la debilidad de Abas (Hamas, decidido a sabotear la cumbre, advirtió a éste que "no debe caer en la trampa de la conferencia") podrían disuadir a ambos líderes de ofrecer las concesiones necesarias para un acuerdo aceptable. La falta de confianza de escépticos israelíes en la capacidad de los palestinos de implementar un acuerdo hace difícil que Israel asuma en esta etapa obligaciones en el contexto de un acuerdo que creen que no será respetado por los palestinos. Los palestinos, por su parte, son conscientes de que concesiones como las que exige Israel reforzarán a sus opositores. El éxito de la conferencia dependerá asimismo de la participación de países árabes como Egipto, Jordania y la autora de la iniciativa de paz árabe, Arabia Saudí. La participación en la conferencia de los saudíes, promotores del fallido acuerdo Al Fatah-Hamas de La Meca promovido por su rey, podría dar a Abas un imprimátur árabe a los términos de cualquier acuerdo con Israel. Irán ya ha hecho una llamada a los países árabes a boicotear la conferencia.

El respaldo del mundo árabe moderado podría mejorar la posición interna de Abas, a la vez que neutralizar los intentos de Hamas de descarrilar el proceso, cosa que también sucederá en el caso de que la conferencia dé un nuevo impulso al proceso de paz. En el pasado, cada avance en el proceso negociador era receta infalible para que Hamas y otras organizaciones terroristas desataran una nueva ola de violencia.

¿Al final, cauto optimismo o cauto pesimismo? El gran interrogante es qué sucederá. Por el momento, se vive la ilusión de un clima favorable. Pero nada más peligroso que predecir el futuro en una parte del mundo en la que no pasa un día sin algún drama, y en la que la paz es como el horizonte: cuando más cerca se cree uno, se aleja.

S. HADAS, primer embajador de Israel en España y ante la Santa Sede. Asesor del Centro Peres para la Paz