EN LA COLUMNA DE UMBRAL / 49
El que avisa no es traidor. Hablaré de contingencia y necesidad. De amores contingentes y amor necesario.
Ruego al lector que no huya despavorido: no voy a filosofar sino a hablar de personas. El Paco del título es Umbral. El Martin sin tilde, Heidegger. El filósofo nazi plomizo y casi ilegible (lugarteniente de la nada lo llama Juan José Sebreli) y el más alto cultivador de la prosa en verso medido oculto inventada por González Ruano y bautizada prosa sonajero por Juan Marsé. Los une su concepción y su práctica del amor. O, si prefieren pensar que el amor es cosa distinta de hacer sexo, su ars combinatoria entre amor necesario y amores contingentes.
Louis Aragon, ya anciano y viudo de Elsa Triolet tras medio siglo de matrimonio y estalinismo, se atrevió a mostrarse en público con los jovencitos altos y guapos que siempre habían sido su predilección sexual secreta. Yo también muestro mi juego: en Fráncfort, la semana pasada, picoteé las cartas de amor de Heidegger a su esposa de toda la vida, Elfride. Que, según algunos, fue quien indujo al oscuro filósofo a matricularse en el nacional-socialismo hitleriano. Su nieta ha publicado esas cartas.
Elfride es su «querida pequeña alma», su «patria», su amor profundo y necesario. No obstante ello, la «curiosidad sensual» de Heidegger era grande y la exploró con incontables estudiantes deslumbradas y escritorcillas que coleccionaban famosos. Hannah Arendt fue su contingencia de mayor calado intelectual, pero él siempre volvía a Elfride, el amor necesario. Algo parecido podría decirse de Umbral: siempre retornaba a España.
El cóctel de necesidad y contingencia bien hecho implica reciprocidad. La tuvo en el caso de Heidegger. Hermann, albacea testamentario y segundo hijo legal del matrimonio, era -la esposa se lo reveló al marido- hijo biológico del médico Friedel Caesar, amigo de ambos. Este escribidor ignora si el pacto explícito o implícito entre Umbral y España fue también equitativo, pero lo cierto es que el culmen de la contingencia umbraliana vino a coincidir con aquel tiempo mágico transicional en que casi todos ignorábamos en qué cama y junto a quién amaneceríamos, y si por la mañana encontrábamos a nuestra derecha a la maravillosa chica progre de la noche anterior y a la izquierda media docena de libros de Umbral amontonados amorosamente, pensábamos que aquel articulista alto y guapo había pasado por allí dos días o una semana antes y acaso por ósmosis o impregnación se nos podía haber pegado algún retal de prosa sonajero.
Pero a veces se nos ocurría pensar en aquel documental sobre Simone de Beauvoir, que también había jugado a contingente y necesario con el feísimo, bajito y miope Jean-Paul Sartre. A Claude Lanzmann, una de las contingencias masculinas de Beauvoir, le preguntaban qué sentía quien lo era sabiéndolo. Lanzmann empezaba a farfullar:
- «A veces es duro. Aristóteles decía que la contingencia no es necesaria aunque tampoco imposible... -los ojos se le habían humedecido, abría las dos manos y las movía ante su rostro-: ¡Corten, corten, corten!».
El director del reportaje cortó. Pero dejó este plano truncado en el montaje final. Hay que suponer que con aquiescencia de su protagonista.
© Mundinteractivos, S.A.

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