Ayer fue un día de especial importancia y significado para todos los budistas y el pueblo del Tíbet. Pese a las protestas y quejas de Pekín, el Congreso de EEUU ha otorgado la Medalla de Oro a Su Santidad el Dalai Lama, Tenzin Gyatso, por su lucha pacífica defendiendo los derechos humanos, la libertad de religiones y la protección del medio ambiente. Millones de seguidores del Dalai Lama en todo el mundo celebran este premio tan sonado. Yo, particularmente, como uno de los más de 150.000 tibetanos que huimos del Tíbet durante la invasión China de 1959, pienso que ha llegado el tiempo de no hacer caso de las exigencias de Pekín en cuestiones que no son de su competencia.

Cuando el Parlamento norteamericano anunció la concesión de la medalla al Dalai Lama, China se puso furiosa y llegó incluso a pedir la cancelación de una ceremonia en un país ajeno, acusándole además de injerencia en sus asuntos internos. Pero, ¿qué hace China al exigir que no se reciba al Dalai Lama? ¿No es eso una intromisión en asuntos que escapan a su competencia? EEUU desoyó las peticiones del Gobierno chino y el presidente Geroge Bush decidió asistir a la ceremonia, a pesar de la fuerte presión de los mandatarios comunistas.

Todo el mundo sabe qué representa EEUU en el contexto internacional y quién es su presidente. Pero en este caso, la parte positiva de Bush nos ha beneficiado. El presidente estadounidense no sólo no ha cedido a la presión china sino que ha defendido los derechos humanos y la libertad de religión en el Tíbet.

Muchos países no se atreven a enfrentarse a China. Altos dirigentes se han negado a recibir al Premio Nobel de la Paz para no tener problemas comerciales con el gigante asiático, incluida España. Sin embargo, recientemente Alemania, Australia y Canadá han recibido oficialmente al Dalai Lama. Y es que China no puede ser dueña del mundo ni puede seguir impidiendo que los tibetanos tengamos más libertad, democracia y podamos vivir en paz.

Quieran los chinos o no, el Dalai Lama -como seguidor de Mahatma Gandhi- lucha pacíficamente para conseguir un mundo mejor, no sólo para los tibetanos, sino también para los chinos, los africanos y todos los pueblos que sufren. Por eso se le concedió el Premio Nobel de la Paz en 1989 y cientos de otros premios de reconocimiento internacional. Pese a ello, el Gobierno chino sigue criticándole y acusándole de separatista, terrorista y traidor, palabras impropias de un Gobierno que quiere mostrarse como ejemplo de democracia.

Pero, por suerte, no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo. Los tibetanos somos un pueblo con lógica y tenemos pruebas suficientes para demostrar que el Tíbet fue un país independiente, con su propia cultura, lengua, filosofía y creencias. En nuestro calendario, 2.134 marca el año del primer rey del Tíbet: una tradición milenaria imposible de borrar de la Historia.

Contra los datos no hay argumentos: hoy sólo seis millones de tibetanos viven en el Tíbet, contra ocho millones de chinos. Los tibetanos ya somos una minoría en nuestro propio país. Durante la invasión de 1959 murieron más de un millón de tibetanos, incluida mi propia madre. Se han destruido masivamente templos y monasterios; la naturaleza está sufriendo también las consecuencias de la explotación de las minas de uranio, oro y cobre. Los bosques, los ríos y la atmósfera están cada vez más contaminados. Pero no hay que olvidar que el pueblo chino tiene también una cultura milenaria y muy rica en arte y tradiciones que merece la pena tener en cuenta. El budismo siempre ha sido pacífico y en nuestra historia nunca hemos tenido guerras ni sangre. Los budistas seguimos el principal valor humano: el de respetar la libertad, la dignidad y la verdad de todos. Lástima que tantas veces la dignidad y la verdad sean vencidas por la fuerza de las armas y de las mentiras.

Lamentablemente también se viene hablando mucho del conflicto de Birmania: los monjes se han manifestado allí pidiendo democracia y libertad, de forma no violenta, pero la Junta Militar ha golpeado a su pueblo, con el apoyo de China. Los tibetanos nos hemos solidarizado con su causa porque nos reconocemos en ella. Ya hemos vivido momentos similares. Llevamos 48 años sin país, incluyendo el Dalai Lama, nuestro líder temporal y religioso, forzosamente exiliado en la India. Ojalá estos conflictos se resuelvan pronto y no muera ninguna persona más por defender la paz y la justicia.

Mientras, el Dalai Lama, incansable, sigue su lucha para lograr más libertad y autonomía para el Tíbet. Reivindica un diálogo real y fructífero con los dirigentes chinos para que se aplique lo que sus leyes, teóricamente, ya prevén: más libertad en el Tíbet y más democracia en China. Un ejemplo de coherencia entre discurso y acción que todos debiéramos seguir.

Thubten Wangchen es el monje director de la Fundació Casa del Tíbet de Barcelona.

© Mundinteractivos, S.A.