DESAFIO NACIONALISTA
El análisis
A FONDO
Hace 29 años, el PNV tomó una decisión histórica que ha marcado la trayectoria de los nacionalistas vascos: abstenerse en la votación sobre el texto de la Constitución española.
En la sesión del Pleno del Congreso que se celebró el 31 de octubre de 1978, un vigoroso Arzalluz se levantó de su escaño y se encaramó a la tribuna de oradores. Con voz solemne, advirtió que su partido no podía aceptar la Carta Magna porque no satisfacía las reivindicaciones históricas del pueblo vasco. Sin embargo, añadió algo que tranquilizó a toda la clase política, que aguardaba con expectación la respuesta que iba a dar el PNV al cierre de un complicado pacto, que abarcaba desde los comunistas de Carrillo a la derecha capitaneada por Fraga. Y fue, ni más ni menos, que su compromiso, o sea, el del nacionalismo vasco, de que la lucha por modificar el texto se llevaría a cabo dentro de los límites que marca la propia Constitución, lo cual significaba su implícito acatamiento.
Pues bien, la propuesta de Ibarretxe, detallada ayer ante el presidente del Gobierno, supone la ruptura de esa promesa, que ya se incumplió con el llamado Pacto de Lizarra.
El lehendakari sabe que tanto su consulta no vinculante prevista para octubre de 2008, como el referéndum anunciado para 2010, no caben en la Constitución. Es decir, que los nacionalistas han optado por saltarse las reglas de juego para reestablecer un pretendido derecho de autodeterminación del pueblo vasco.
Ibarretxe no puede jugar al despiste. Los artículos 92 y 149 de la Constitución son suficientemente explícitos a la hora de determinar quién tiene la legitimidad para convocar consultas o referendos.
A no ser que el lehendakari pretenda vestir como plebiscito una votación popular, al estilo de las llevadas a cabo en Madrid para decidir el logotipo de la candidatura olímpica o el destino de la estatua ecuestre de Carlos III.
El problema del reto político del lehendakari no es sólo que suponga un flagrante incumplimiento de la ley, sino que se realiza sobre la base de un frío cálculo electoral.
Como en los automóviles, el motor del nacionalismo necesita rellenar el depósito de su particular gasolina para funcionar. La cuestión es que, en esta ocasión, el PNV no se conforma con repostar, sino que quiere llevarse la gasolinera.
La irresponsabilidad del lehendakari al sumergir a la sociedad vasca, en la que el 48% de sus ciudadanos vota a partidos no nacionalistas, en una dinámica de confrontación frontal con el Estado, no tiene precedentes.
Ahora bien, ¿cómo ha respondido el presidente a ese órdago nacionalista?
Desde el punto de vista formal, Zapatero ya le ha dado a Ibarretxe un primer triunfo. A diferencia de otras reuniones con presidentes autonómicos, a la rueda de prensa del lehendakari no le ha respondido un ministro, sino el mismísimo presidente, acompañado por la vicepresidenta Fernández de la Vega.
Si Zapatero juega a desdramatizar la situación creada por la puesta en marcha de este segundo plan (que, a diferencia del primero, soslaya al Parlamento español), hizo muy mal en darle la solemnidad que sólo merecen las visitas de ciertos primeros ministros extranjeros.
Ese equívoco ya es un éxito para Ibarretxe y va contra la consigna dada por Moncloa de que no hay por qué preocuparse.
casimiro.g.abadillo@el-mundo.es
© Mundinteractivos, S.A.

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