La figura del subsecretario es un clásico del costumbrismo hispánico. Un buen subsecretario podía arreglar el futuro de una familia si, como era de esperar, sabía y quería mover los hilos adecuados en un determinado ministerio. Como las pensiones con dueña y los calcetines grises, los subsecretarios formaban parte del paisaje predemocrático, ese mundo que - según el popular Jaime Mayor Oreja- no vale la pena condenar porque muchos "lo vivieron con naturalidad y normalidad". No sé si hoy en día los subsecretarios cotizan al alza o a la baja, pero han perdido protagonismo en beneficio de los secretarios de Estado, que son los que siguen a los ministros en el escalafón gubernamental. ¿Para qué sirve un secretario de Estado? Es una buena pregunta. Yo me la hago a menudo, desde que Víctor Morlán, secretario de Estado de Infraestructuras, se vino a vivir a Barcelona para - según proclamó ufano- arreglar el desastre cotidiano de Renfe en Catalunya.
Morlán, a las órdenes de la ministra Magdalena Álvarez, aterrizó en territorio indígena con el ímpetu de quien se sabe la encarnación del Estado. Como un superhéroe de Marvel, sus poderes fantásticos tenían que poner fin al caos generado por las obras del AVE, por las deficiencias inversoras, por una gestión descuidada y por una planificación digna de los hermanos Marx. Ante el desembarco de Morlán, nuestros gobernantes más cercanos, del Ayuntamiento y de la Generalitat, agacharon la cerviz y aceptaron que la magia del hombre blanco, enviado por el gran padre de la Moncloa, haría el milagro. Morlán daba un mensaje a la tribu atribulada: el poder de verdad soy yo, así que ustedes miren y aprendan.
Pero el secretario de Estado debe andar escaso de conjuros y artes sobrenaturales porque el panorama sigue pintando mal. Manel Nadal, secretario de Mobilitat del Govern, se puso finalmente del lado de la realidad al mentar "los pobres resultados" del Cecof o centro de coordinación ferroviario, que Morlán montó en agosto. Un poco de sinceridad nunca viene mal. Dado que los hechos desmienten toda propaganda, el secretario de Estado entró en trance y habló de sensaciones: "No tengo la sensación de que las cosas hayan ido a peor y creo que, aunque en los últimos días ha caído cuatro puntos la puntualidad, estamos mejor que en mayo". Cuando alguien encargado de algo tan material y objetivo como las infraestructuras de un país habla de sensaciones es que el fracaso de su labor es monumental. De sensaciones hablan los poetas, los futbolistas, los cocineros y los detectives. Pero un secretario de Estado (si además es de Infraestructuras) habla de datos o se calla. Y los datos son escalofriantes: 20 averías en 53 días.
Si Morlán debía reforzar la confianza en el Estado y en ZP, le ha salido el tiro por la culata. La solución es clara: que la ministra se venga a vivir a la estación de Sants hasta el 21 de diciembre, fecha que debe cerrar el drama. O hasta el 28, ya puestos.

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