Para aquellos que esperaban una respuesta matizada del presidente del Gobierno a Juan José Ibarretxe, seguramente la reunión de ayer en el palacio de la Moncloa fue como un jarro de agua fría. Detrás del famoso talante de Zapatero hay también un dirigente político granítico y depredador que no está dispuesto, a pocos meses de las elecciones, a que se le abra un agujero en un tema de tanta enjundia política como es el de la propuesta de referéndum anunciada por el lehendakari. Ayer, Zapatero no sólo dijo que no a Ibarretxe, sino que quiso transformar su respuesta en un mensaje nítido a los indecisos votantes socialistas que pueden haber creído en algún momento que España estaba en peligro, como propaga cada día el Partido Popular. A esos votantes, el presidente del Gobierno les vino a decir que la respuesta del Estado a una iniciativa que considera ilegal es educada en las formas - importante la simbología de entrada del palacio de la Moncloa-, pero tan contundente como la que hubiera llevado a cabo cualquiera de sus antecesores en la presidencia del Gobierno. Ibarretxe no salió fortalecido del encuentro, por más que en la conferencia de prensa mantuviera el calendario de la consulta soberanista prevista para el 25 de octubre del 2008. El lehendakari sabe ya que está obligado a buscar una salida a su órdago político, ya que sus cartas son, hoy por hoy, peores que las de su rival. Tiempo tendrá para ello puesto que la partida no ha hecho más que empezar y cualquier movimiento precipitado puede generar inestabilidad en el País Vasco, donde gobierna en minoría y necesita para las grandes leyes el apoyo del PSE.
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