Si te pillan con un coche bomba, no es mala cosa explicar que querías hacerlo estallar contigo dentro porque pasas por un desengaño sentimental. Eso sucedió, hace poco más de una semana, en La Jonquera, cuando la policía pilló al señor Moulay Abel Samad Larifi en un automóvil con pólvora, dos bombonas de butano y diversos productos de pirotecnia. Las primeras informaciones decían que, junto a los artefactos, el hombre tenía una carta en la que anunciaba su intención de quitarse la vida por un amor roto. Después hemos sabido que el juez Juan del Olmo ordenó que lo ingresasen en la cárcel de Soto del Real, y allí sigue, a la espera de que valoren su grado de locura. Durante el interrogatorio, el detenido - francés de origen magrebí- preguntó al juez si oía también las voces de los muertos que él escuchaba con claridad, y que, según afirma, le "entran por las uñas".
Los investigadores no acaban de creerse la versión romántica del suicidio. A pesar de que, durante el interrogatorio, Moulay Abel Samad Larifi negase ser un terrorista islámico, la excusa amorosa no acaba de convencerlos. Y más teniendo en cuenta que explicó que tenía la intención de llegar a Barcelona e inmolarse - volándose por los aires- en un edificio de la ciudad. No explicó cuál, pero yo me lo imagino en la Sagrada Família: ¡patapam!
Y, en cambio, ¿no es mucho más bella y coherente la historia de su intento de suicidio por amor? En su caso se comprende incluso su decisión de acelerar el proceso hacia el más allá. Piénsese que en el paraíso musulmán a todo hombre le esperan vino, frutas, riquezas y setenta y dos muchachas bellas y vírgenes. Se comprende que, habiendo roto con la novia, uno se interese por la posibilidad de tener inmediatamente a setenta y dos bombones al alcance de la mano, por decirlo de forma elegante.
En otras épocas, para suicidarse uno recurría a la soga, a la gillette que tan limpiamente corta las venas de las muñecas, al salto por una ventana de un edificio alto (o a las vías del metro, para solaz de conductores y usuarios). Pero, claro, los tiempos cambian. E igual que, en los entierros, en vez de mantener un silencio respetuoso hoy se aplaude a rabiar el ataúd con el difunto, en el momento de suicidarte, en según qué culturas, lo que ahora mola es llevarte de paso a algunos de los que hay por ahí. Puesto a irte de este mundo, pues mejor hacerlo en compañía, y así tienes alguien con quien ir charlando - que si esto, que si aquello- en el camino hacia el paraíso (y las setenta y dos vírgenes, no las olvidemos).
El intento de suicidio con invitados de Moulay Abel Samad Larifi me recuerda una vez más al de aquel millonario del que hablaba Adlai Stevenson. El millonario era un hombre cansado ya de la existencia y, un día, yendo en coche, finalmente se decidió a acabar con todo. De modo que le dijo a su chófer: "James, quiero suicidarme: sigue conduciendo recto y tirémonos por ese precipicio".

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