Militancia humanista, de Baltasar Porcel en La Vanguardia
El premio Nobel a Doris Lessing me sorprende yendo en tren de Munich a Berlín, en el curso de un programa sobre mis novelas en alemán, articulado por mi editor allí y por el Instituto Cervantes. El cual, por cierto, no ha tomado partido en la multiplicada memez de esa polémica sobre si castellano y catalán en la feria de Frankfurt, acogiendo como acostumbra autores en catalán. ¡Ah, y el Ramon Llull cuenta con un buen equipo organizador!, así como el Institut d´Estudis Baleàrics. Reconforta, pues, que exista también por ahí sentido de responsabilidad.
Lo que ha ocurrido asimismo con el Nobel a Lessing, a la que habían hasta dicho en la propia Suecia que nunca lo tendría, y pareció que sería así cuando se le otorgó a Nadine Gordimer, en varios aspectos semejante a ella. Y en Frankfurt, entre desvivirse detrás de tanto superventas efectivo o hipotético, y no menos oportunismo publicitario, ningún editor, periodista o político había imaginado que Estocolmo la coronaba a ella. Y hubo quien deliró que con la feria iba a Catalunya. Osea, que con Lessing han triunfado la discreción, el trabajo sin tregua, las ideas, la visión personal. Y el sector de la Academia sueca que decide en profundidad. Solidez cultural en vez de cangurismo.
Con motivo de concederle en 1999 el Premi Internacional Catalunya, establecí relación con Lessing en Londres y Barcelona. Es atenta, seria, realista. Como son sus novelas. Y ha tenido el valor de defender sus convicciones, en Rodesia enfrentándose a la segregación racial, separándose de dos maridos, con hijos por en medio y a veces teniendo que dejarlos. A la postre, emigrando a una de esas casitas londinenses de ladrillo, de clase media. Porque Lessing ha conocido la necesidad de dinero y de trabajo, de ahí que sus personajes reflejen una modesta y a veces angustiada lucha por la dignidad vital. Lo que la indujo, con absoluta conciencia, a involucrarse en la problemática condición de la mujer. Experiencias que la incitaron a ingresar en el Partido Comunista británico, para al fin, harta de hacer el ganso y de una red de mentiras, tener el valor de abandonarlo.
En Doris Lessing no hay nada gratuito ni milagroso, hay constancia y sinceridad, por lo que se hincó en sí misma, en una militancia humana. Dos obras suyas la retratan muy bien: la novela El cuaderno dorado (en catalán en Grup 62, con su última obra) y los dos tomos de sus memorias, Dentro de mí y Un paseo por la sombra.Escritos siempre con su prosa eficaz y escueta, a veces tenida por pobre, y sin duda lejos de las grandes estilistas del siglo XX: Karen Blixen - nunca he leído nada mejor que sus cuentos-, Virginia Woolf, Marguerite Yourcenar, Carson McCullers y, si se quieren nombres de nuestras lenguas, Alfonsina Storni - heredera de Rubén Darío- y Mercè Rodoreda. Lessing es apta para el lector que sufra en esta sociedad y desee subsistir con autonomía, mientras para los creadores resulta un ejemplo de eficacia a larga distancia.
