Señor, Señor, qué disgusto tenemos con la clase política por causa de los continuos intentos de suicidio colectivo a los que se someten los gobernantes y los líderes de la oposición, dejando a la gran mayoría de los ciudadanos asombrados y en la mayor orfandad. A Zapatero, como al equilibrista chino que hacía bailar a la vez veinte platos de porcelana sobre otras tantas varillas de bambú, se le está rompiendo la vajilla de la Compañía de Indias, época rosada, porque su “optimismo antropológico” empieza a convertirse en un “pesimismo antológico”, vistos los destrozos que ya inundan el suelo de su despacho oval del palacio de la Moncloa. Y a Rajoy porque, mientras hace roscos en el aire con el humo del puro, no hay día en el que no le crezca un enano, o que un dirigente de su partido no le organice un escándalo como el que acaba de protagonizar Jaime Mayor Oreja al negarse a condenar el franquismo y haciendo la apología del fenecido régimen del dictador para decir que en tiempo de Franco, en el País Vasco, se vivía una “extraordinaria placidez”.
O sea, que cuando el PSOE prerrepublicano y confederal de Zapatero se echa al monte de la guerrilla política de la mano de Ibarretxe y de Carod-Rovira, en el PP, en vez de avanzar hacia el centro del tablero político que están abandonando las fichas del PSOE, a las torres de Rajoy no se les ocurre otra cosa que enrocarse en la extrema derecha postfranquista, con el pretendido argumento de que así protegen mejor al Rey. Y levantan la bandera roja y gualda, al grito de “Santiago y cierra España”, mientras sus alfiles hacen la apología del franquismo, como hizo Mayor Oreja, o jalean la conspiración del 11M, como lo han hecho Acebes y Zaplana a lo largo y ancho de la legislatura.
Señor, Señor, cómo viene la clase política. Zapatero le invita a Ibarretxe a un suculento desayuno en la Moncloa para decirle, con la boca chica, “no” a la consulta, pero en la escena del sofá le guiña un ojo para insinuarle que todo tiene arreglo si vuelve a ganar las elecciones. Mientras tanto, desde las tierras de Itálica y Emérita Augusta, Guerra y Rodríguez Ibarra reclaman mano dura contra el lendakari y agitan el artículo de la Constitución que permite la suspensión del Estatuto vasco si Ibarretxe insiste en el pulso sin temblor para violentar la ley. Más al centro de la vieja Hispania, desde el corazón mismo del Alcázar de Toledo, se oyen los lamentos —¡por España!— del ex ministro de Defensa, José Bono, que permanece amordazado, como el disonante trovador de Asterix, y sujeto con una camisa de fuerza para que no se aventure, lanza en ristre, contra ese molino, o buñuelo, de viento en el que se ha convertido el palacio de la Moncloa.
Aunque, para castillo famoso, el palacio de El Pardo que solía visitar José María Aznar años atrás con gran curiosidad, o la sede central de FAES, el búnker ideológico del PP. La sentina desde donde se preparan nuevos apoyos diplomáticos al cercano ataque a Irán por la aviación de George Bush, como en su día se apoyó la guerra y la ocupación de Iraq, que todavía sigue justificando Aznar, convertido en lastre y conciencia política de un PP en el que FAES juega a ser un partido dentro del Partido Popular. El verdadero centro de poder al que miran de reojo los barones populares convencidos de que en caso de derrota frente a Zapatero es allí, y no en un congreso del partido, donde se decidirá la sucesión de Rajoy.
Una herencia y un codiciado sitial por el que suspira la liberticida Esperanza Aguirre, la que, amén de no dar un palo al agua porque se pasa todos los días haciéndose fotos en ferias y festejos con tal de no trabajar, acaba de robarle a España 300 años de Historia al anunciar, con tonos muy napoleónicos, que la nación española se inició en Madrid el 2 de mayo de 1808 tras la revuelta contra las tropas del emperador. Borrando de un plumazo, la señora, a los Reyes Católicos, y dándoles con ello toda la razón histórica a sus amigos catalanes de CiU y de ERC. Y todo por disputarle a Gallardón, no sólo la posible sucesión de Rajoy, sino también los festejos del Dos de Mayo, que pertenecen a la ciudad de Madrid y no a la Comunidad madrileña, que no existía cuando ocurrieron los hechos gloriosos que nada tienen que ver con el nacimiento de España como nación.
Señor, Señor, cómo viene la prensa, cómo van los políticos despendolados, camino su haraquiri y sin la menor precaución. Dejando vacío todo el espacio del centro político. Por lo que no se sabe bien a qué espera Gallardón para dar el verdadero salto del tigre de Bengala sobre ese, cada vez más grande, colchón de votos donde retozan millones de desamparados ciudadanos en pos de una nueva opción política, razonable y razonada. No hay nada que hacer, esto no tiene solución, aunque siempre nos quedará París, como decía Bogart en Casablanca, o, simplemente, la abstención, que será una manera digna de responder a los disparates del PSOE y a la “extraordinaria placidez” del PP. Amén.

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