AQUI NO HAY PLAYA

En Madrid pululan miles de músicos frustrados, pero el claxon no tiene nada que ver con eso. Aunque lo parezca, el claxon no es un instrumento musical, no es pariente del saxofón ni de la zambomba. Hay sonidos excitantes, irritantes y directamente insufribles, pero el claxon está específicamente diseñado para sacarse las venas por la boca. Wagner planeaba incluir un claxon en el número final de El crepúsculo de los dioses, pero luego pensó que se trataba de una crueldad innecesaria, teniendo en cuenta que ya habría ahuyentado a todos los acreedores presentes entre el público gracias al berrido de una trompa de tres pistones. Además, mientras la trompa puede sugerir ira, melancolía o un resfriado de Wotan, el claxon únicamente indica mala leche, una emoción no demasiado recomendable después de cinco horas de ópera.

Wagner se fue a Venecia huyendo de los bocinazos de sus admiradores que le saludaban alegremente cuando paseaba por las calles alemanas. Fue una suerte que por aquel entonces aún no se hubieran incorporado bocinas en las góndolas. Emparentado lejanamente con la bocina, el claxon forma una simbiosis con la máquina que lo lleva y con el chimpancé que lo toca. Al contrario de lo que se cree, el claxon no es un apéndice más del coche, sino su misma razón intrínseca: el automóvil se construyó para transportar un claxon del mismo modo que el tanque se construyó para llevar un cañón. El célebre apotegma de Napoleón («hay dos clases de soldados: los que manejan el cañón y los que son carne de cañón») ha evolucionado en la sociedad moderna hasta el punto de que todos, hoy día, somos carne de claxon.

En el Paseo de las Delicias, desde las siete de la mañana, puede estudiarse el comportamiento de una de estas hordas wagnerianas. Durante horas y horas se produce una auténtica parada nupcial de bocinazos donde varias docenas de machos enfurecidos reclaman su lugar en el mundo, coreados por sirenas de ambulancia y alarmas de policía. Para ello, el claxon cuenta con un apéndice humano, una desviación del homo habilis surgida a mediados del siglo XX y cuyas principales diferencias orgánicas con el homo sapiens consisten en un callo en el culo, otro en la mano (para tocar más fuerte) y un aparato fonador capaz de emitir tacos a gran volumen. Estos antropoides entusiasmados por el ruido y difícilmente domesticables han encontrado en Madrid un zoológico ideal, un hábitat perfectamente condicionado donde demostrar sus habilidades. Al igual que un cangrejo ermitaño se siente desprotegido sin su concha, estos simios no son nada sin su claxon y su coche: necesitan aporrearlo día y noche para convencerse de su existencia de mono y advertir a los demás machos de su presencia. Agradezcamos a la Alcaldía y la Comunidad su labor en la protección de estas especies.

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