Ribetes de lepenismo, habría que titular para alejarse del pozo de la sal gorda. Sabido es que los nacionalismos contrarios se retroalimentan, que la exaltación de la bandera provoca mayor rechazo a la bandera, de igual modo que la quema de fotos incrementa la simpatía hacia la figura del Rey. Todo movimiento más o menos extremo provoca vaivén y tijereta. Pero esos no son los respectivos efectos buscados por quienes fundamentan su estrategia en ahuyentar la tranquilidad. Lo que buscaban, y no han conseguido, los pirómanos catalanes de símbolos, era acabar con el autonomismo pactista y el gradualismo, o al menos desacreditarlo. Rajoy y su estado mayor pretenden, salvadas las proporciones y el enorme diferencial de respeto a la legalidad, socavar la legitimidad de Zapatero como líder de España. Intentan poner unos abultados mínimos de patriotismo, para descalificar a quienes no alcancen estos niveles de erupción. No para tacharles de tibios y azuzarles a ponerse de puntillas y cacarear, sino para expulsarles del corral. ¿Hasta qué punto lo consiguen? Al menos debe admitirse la posibilidad de que no vayan tan errados.

Las dos Españas han dejado de existir, o están rodeadas de otras varias, con todo el conjunto desfilando por la senda que marca Europa, la más estable de nuestra historia. Son legión los degustadores de la batalla, ahora que se mueve en un terreno en que la sangre no está en condiciones de llegar al río. En España, y en Catalunya, el patriotismo sale gratis. Pero algún rédito electoral sí puede tener, no la quema de fotos, sino la identificación de Rajoy con la España que ve con crecientes malos ojos su pluralismo.

Eso puede calificarse de lepenismo. Han errado el tiro quienes defendían la necesidad de un partido de extrema derecha que otorgara carácter centrista al PP. Ahora bien, que se adorne con un ribete de lepenismo, no significa que los populares estén en la extrema derecha. Para ello faltaría que embistieran contra la inmigración extracomunitaria al grito de "España para los españoles". Aún así, que de momento no parece ser el caso, faltaría el último eslabón, el antieuropeísmo, hoy por hoy impensable pero mañana quién sabe. Después de subir el primer escalón del lepenismo, quedan todavía dos más, y mientras no los suban, podrá decirse que el PP se engalana con ribetes lepenistas, pero no que está en la extrema derecha. El PP es democrático, y es democrático plantear, aunque no guste a muchos, las elecciones como un plebiscito contra las concesiones del poder central a las periferias.

¿Y mientras? ¿Debe el catalanismo estar callado? Callado no. Paralizado, tampoco, y menos de miedo. Pero sí consciente de que cualquier cosa que diga o haga será utilizada en su contra. Tranquilidad pues, y a la expectativa. El partido de la confrontación nacionalista no lo juega Catalunya. No es bueno que se juegue, que sea este el partido cuando en Catalunya lo hemos equilibrado con el de la derecha-izquierda, pero se está jugando. Y todavía no estamos en la media parte.