Fray Gerundio, de Màrius Serra en La Vanguardia
EL RUNRÚN
El domingo veo al gran Emerson Fittipaldi en Montjuïc. Le veo y le leo. Jordi Bordas publica en el Vivir una entrevista con titular de impacto. Fittipaldi declara: "No soy un fittipaldi". Esta aparente contradicción, que en la mayoría de familias provocaría un conflicto generacional, se sostiene en un hecho extraordinario. Tras pasar por la F-1 en los años setenta, el sonoro apellido de los Fittipaldi se lexicalizó. Ahora es un epónimo que designa a los conductores, hábiles pero imprudentes, que circulan a gran velocidad por carreteras y autopistas. Los epónimos son nombres propios que llegan a un grado de popularidad tal que saltan al bando de los nombres comunes. Su entrada en el diccionario suele comportar una deriva semántica. De ahí que el prudente Fittipaldi no se sienta identificado con los audaces fittipaldi. Su relación con ellos, lenguaje mediante, es más lejana que la que se da entre el Papa y los papistas. Además, Emerson es ajeno al fenómeno que suscita su apellido. ¿Por qué no pasó lo mismo con los de Jim Clark, Niki Lauda o Michael Schumacher? Por azar y por eufonía, supongo. Las cuatro sílabas de fi-ti-pal-di divierten a quien las pronuncia. Cuando empecé a conducir y, ejem, le daba al pedal por las costas de Garraf, mi abuela Paula me llamaba Nuvolari. "Aquest noi és un nuvolari", decía. Me llevó algún tiempo descubrir que el italiano Tazio Nuvolari, con Fangio o Ascari, fue una de las primeras figuras del automovilismo. Ciertamente, el autódromo de Sitges estaba muy cerca de su Vilanova i la Geltrú natal, pero las cuatro sílabas de nu-vo-la-ri también divierten lo suyo, sobre todo a un catalanohablante, que las asocia con las nubes.
Los epónimos son un excelente marcador de la cretinización del discurso. Para comprobarlo, bastaría con analizar el último millón de veces que se ha calificado algún hecho de kafkiano, dantesco o maquiavélico. Si Kafka, Dante o Maquiavelo levantasen la cabeza... la agitarían de izquierda a derecha para negarse, correrían al registro para cambiar de nombre y volverían a morirse tranquilos. Esto no sucede con los epónimos sustantivos que vienen de personajes olvidados. Pocos saben que los leotardos proceden del trapecista Jules Léotard (1842-70), que actuaba con medias de lana; o que silueta proviene del controlador de Finanzas Étienne de Silhouette (1709-67), un funcionario tan impopular que su nombre se usó para aludir a algo incompleto, como una silueta; o que la nicotina es hija del diplomático Jean Nicot (1530-1600), el primero que envió tabaco en polvo a Catalina de Médicis. Los más ocultos son los que pueden conjugarse, como boicotear o linchar. El primero procede del agente inglés en Irlanda Charles Boycott (1873-86) y el segundo del granjero virginiano Charles Lynch (1736-96), autor de una ley famosa por su particular aplicación del concepto de justicia rápida.
Ahora, en la capital del Brasil de Fittipaldi, nadie podrá conjugarlos en gerundio. Porque resulta que el gobernador José Roberto Arruda ha dictado el "decreto n. º 28.314, de 28 de setembro de 2007" según el cual se prohíbe el uso del gerundio en el Distrito Federal de Brasilia. Concretamente, los dos primeros artículos rezan: "1 º . Fica demitido o Gerúndio de todos os órgãos do Governo do Distrito Federal. 2 ° . Fica proibido a partir desta data o uso do gerúndio para desculpa de ineficiência". Arruda declaró que su decreto era una provocación y que espera acabar con los abusos burocráticos de los gobiernos, que siempre están "informando", "confirmando" o "pagando" pero nunca acaban de hacerlo. Pues que vaya esperando.
MariusSerra@verbalia.com
