Demasiadas losas sin retirar
Si estuviera en el paro y me creyera que la Ley de la Memoria Histórica va a salir adelante y a ser aplicada con rigor, me pondría de inmediato a hacer un curso intensivo de anulador de lápidas e inscripciones franquistas. (Quizá conviniera buscar un nombre para ese nuevo oficio. Propongo desfachador, que presenta la ventaja de aludir simultáneamente al facherío y a las fachadas.)
Trabajo no faltaría. Mi experiencia es limitada en lo geográfico, pero apabullante en su rotundidad. En mis paseos por Cantabria, he podido comprobar que apenas hay iglesia –por citar sólo un tipo de monumento– que no tenga su correspondiente inscripción, en alto o bajo relieve, con su lista de «caídos por Dios y por España», encabezada por José Antonio Primo de Rivera. Me da que otras regiones no le van muy a la zaga. La semana pasada estuve en Tenerife. Las calles y plazas de Santa Cruz son una juerga: no paran de tocarte las narices con los personajes y las glorias del 18 de Julio.
No estoy demasiado seguro, de todos modos, de que los nuevos desfachadores vayan a verse desbordados por la demanda. Viendo la poca energía que demuestra el Gobierno de Zapatero cada vez que la jerarquía católica se le pone enfrente, tiendo a sospechar que, si la Iglesia se niega a aplicar la Ley, vamos a tener presentes a los caídos por Dios y por España por los siglos de los siglos, amén.
Pero esos augurios son lo de menos, al menos por ahora. Lo de más es que la Ley no va a recoger el punto clave que debería haber afrontado y resuelto: la anulación de las sentencias dictadas por los tribunales políticos del franquismo. Se conforma con catalogarlas genéricamente como ilegítimas. Típico del estilo gubernamental de Zapatero: mucha apariencia, poca chicha.
[Aparecido en Público el 15/X/2007 dentro de la sección El dedo en la llaga]
Coda
Me pasan la grabación de una entrevista que le hicieron en TV3 a Xavier Vidal-Folch, director adjunto de El País. No había visto nunca al personaje. Sería exagerado decir que me despertó una simpatía instintiva. Para mí que no perdería nada si pareciera un poco más sincero. Y no digamos si, ya de paso, hablara un poco mejor.
La entrevistadora, rápida y experimentada, le apretó algo las tuercas, sin llegar a la impertinencia (más bien todo lo contrario: manteniéndose en la pertinencia). Le preguntó por el mitin desaforado que se echó la pasada semana el consejero-delegado de El País, Juan Luis Cebrián, y Vidal-Folch se apresuró a respaldarlo por completo, acusando a Mediapro-La Sexta-Público de beneficiarse de favores gubernamentales, que no precisó en qué consisten. La entrevistadora puso cara de guasa y le hizo ver que quedaba un poco raro que un directivo de El País hablara de favores gubernamentales. El director adjunto, que en general no mostraba mayor inconveniente en decir cualquier cosa sin inmutarse, eludió cuidadosamente entrar a ese trapo. Es de coña que un grupo empresarial que se ha edificado sobre la sólida base que le han proporcionado los buenos servicios de sucesivos gobiernos –la concesión irregular de la licencia a Canal +, la bochornosa absorción de las emisoras de Antena 3 de Radio (el famoso antenicidio), la tolerancia hacia el funcionamiento en cadena de una red de supuestas emisoras locales (Localia), etc., etc.– se lleve las manos a la cabeza porque cree ver alguna deferencia gubernamental hacia otros que no son ellos. Han estado muy mal acostumbrados.
Lo de Cebrián de la pasada semana fue un bochornoso ataque de cuernos. Esta gente daba por supuesto que, si hay un Gobierno del PSOE, el staff de El País ha de funcionar como parte privilegiada del Consejo de Ministros. Y no soportan que no sea así. Menos aún cuando las cifras de venta del diario siguen bajando y cuando los dividendos de Sogecable van por tiempos.

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