LA TRASTIENDA

Esta ha sido la semana de Fráncfort. Después de años hablando del acontecimiento del año había ganas para ver que es lo que al final ocurría. Observar si todo iba a ser como nos lo habían vendido hace cinco años, o como nos lo vendieron hace tres, o hace dos, o hace tan sólo seis meses. Al final, los que pretendían vender patria, nación y además lengua catalana, por ese orden, vuelven satisfechos del trabajo realizado. No es de extrañar la satisfacción política de ERC para moldear el resumen final a sus intereses. Es cierto. Lo han conseguido.

El proyecto sobre Fráncfort fue cambiando según sustituían a los consellers de Cultura y se transformaban las caras de los responsables. Con Vilajoana se vendió una cosa, ahora casi olvidada; con Caterina Mieras, otra; nada que ver con Ferran Mascarell y definitivamente con Josep Bargalló, no conseller, pero sí responsable del Institut Ramon Llull, algo completamente diferente, que al final resultó ser la definitiva.

Este cambio en las prioridades y los intereses en la definición del proyecto, ya dejaron entrever lo que se esperaba de la visita de la cultura catalana en la feria del libro más importante del mundo. Cuando lex Susanna, aquel director del Llull que se movió para que la catalana fuera la invitada, tenía un proyecto muy nítido, cultural y, demás, de conocimiento de país. Susanna fue durante años el director del Festival de Poesía de Barcelona.El sabía mejor que nadie de la importancia de este tipo de encuentros y de lo interesante de las mezclas. También conocía la dificultad de su organización.

Pero el tripartito llegó al poco tiempo de la decisión de Fráncfort de elegir a la cultura catalana y el testigo fue recogido por los socialistas, ya que el departamento estaba gestionado por su gente. En un principio una indecisa pero analítica consellera, dejó muy clara su idea de que las dos lenguas estuvieran representadas en la ciudad alemana. Pero la desinformación y el temor, acabó por crear tanto lío político entre los escritores que todos, por si acaso, comenzaron a no hablar bien de la organización y de la improvisación que se divisaba. Y tenían razón.

La prensa, editores y gestores culturales comenzaron a consolidar la idea de que nadie estaba por la labor y que todo estaba por decidir. Lo cierto es que era una patata caliente, excesivamente caliente y apetitosa. Mientras, en muchos sectores independentistas, comenzaba a proyectarse la idea de que los autores catalanes en castellano lo único que iban a lograr era dar sombra a los de lengua catalana. El ejemplo, con cierta razón aunque a nadie le importara que fueran ferias diferentes, se vio en Guadalajara.El equipo de Maragall estuvo más preocupado en las fotos con Carlos Fuentes o García Márquez, que con autores catalanes. Error, ahora olvidado, pero que marcó un punto de inflexión.

La llegada de Ferran Mascarell concreto muchas cosas. La frase era la de siempre: «Quién se atreva a decir que los autores catalanes que escriben en castellano no estarán en Fráncfort miente». Los hechos, por desgracia, han demostrado lo contrario. Pero, en todo caso, Mascarell tenía toda la intención de que las dos lenguas se dieran cita en la feria y trabajó para que así fuera, aunque ahora le hayamos oído decir unas cosas desde Fráncfort en Catalunya Ràdio para tirarse de los pelos. Desde esa mala conciencia de que lo que sea criticar es un ataque a Cataluña programado y auspiciado por Madrid, con el patrocinio del PP. Sólo hay que escuchar con atención a los autores en lengua castellana -la mayoría de esa histórica izquierda de la que hemos mamado casi todos, o sea nada sospechosos- cómo se lamentan de lo ocurrido, después de poner verde a toda la clase política catalana.

Pero volviendo a Mascarell -nadie es perfecto-, lo cierto es que se dedicó con pasión a poner vaselina donde sólo había sarpullidos, para que, sin que se notara, estuvieran juntos en la fiesta literaria.Pero Montilla no tenía en la cabeza conservar la consellería de Cultura y así, una vez demostrado que el PSC no podía gobernar con mayoría -qué espejismo- ni con CiU (estaba pactado antes de las elecciones) dejó a la rueda de la fortuna de Carod el rumbo de la feria.

Bargalló también me prometió que habría escritores en castellano en Fráncfort. Un servidor, que se cree a la gente que mira a los ojos, aceptó sus argumentos. Me lo creí. El lo recordará, fue en el transcurso de una agradable comida en el restaurante Casa Calvet. Pero no cumplió. La razón pública: que cursó la invitación pero la rechazaron. Pero ¿cómo se puede invitar sólo a siete autores en castellano y a 110 en catalán?

Esta ha sido una semana satisfactoria para los autores en catalán.Me alegro y mucho. La mayoría son amigos. Pero también ha sido una semana triste para la cultura catalana. La imagen que hemos dado está en la prensa alemana y no en los programas de radiotelevisión pública. Las conferencias han sido seguidas por bastante gente, todos catalanes, poquísimos extranjeros. Seguimos sintiéndonos muy bien por habernos conocido, pero no mucho más. Hemos perdido la oportunidad de tener juntos en una misma mesa a Enrique Vila-Matas, Eduardo Mendoza, Carmen Riera y Quim Monzó. Eso es para mí cultura catalana. ¿O no?

alex.salmon@elmundo.es

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